Los doce ya.

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Foto Bárbara.

Otro año más, Noa. Esta vez rosas rosa para ti, que estas perfumen el aire que te envuelve y que cada día de estos por venir podamos tener el privilegio de estar cerca de tu sonrisa. de tu mirada dulce e inteligente, de tu fina ironía, de tu sagaz empatía, de tu amor por la vida. Gracias, por todo lo que nos das. Y mañana disfruta en tu día con todos, todas y luego me lo cuentas…

Los primeros higos verdales.

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Fotos Bárbara.

Este verano los frutos de la higuera están más dulces que cualquier otro año. Al emperador Augusto le gustaban los higos ; temiendo ser envenenado, comía los que él solo cogía, pero según Robert Graves en Yo Claudio, su mujer, Livia, envenenaba los frutos en la propia higuera. La versión oficial fue que murió de bronquitis a los setenta y cinco años. Y, según las crónicas, los tomaba con un poco de miel. ¡Goloso el emperador!

Bignonia naranja o Tecomaria capensis

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Fotos Noa Serrano Plaza.

La bignonia naranja o bignonia capensis (de El Cabo, Sudáfrica) es un arbusto algo trepador que produce estas brillantes flores naranjas próximas al rojo desde finales de primavera hasta principios de invierno en estas latitudes del Mediterráneo. Como arbusto, su crecimiento es vigoroso y rápido; sus hojas suelen ser compuestas, es decir, tienen varias hojas por cada peciolo y sus muy características flores consisten en racimos florales, tubulares, con pétalos en forma de campanillas. Pueden medir hasta diez metros de altura.

«Marcus Curtius arrojándose al abismo», altorrelieve. Galería Borghese (Roma)

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Fotografías Bárbara. Galería Borghese.

En el Salón de Mariano Rossi de la Galería Borghese se encuentra este altorrelieve en mármol pentélico. La obra está formada por el caballo, que se remonta a la antigüedad, concretamente al siglo I o II a. C. y el jinete, que fue agregado después por Pietro Bernini, el padre de Gian Lorenzo Bernini, en 1617. Pietro Bernini ya había trabajado para el cardenal Borghese en la restauración de su mansión y, cuando este donó parte sus riquezas para ayudar a los damnificados por la inundación del Tíber de 1606, el escultor lo honró esculpiéndolo sobre el caballo para arrojarse al abismo por el bien de Roma. Con esto, Pietro lo asimila al soldado Marcus Curtius, que se arrojó al abismo con su caballo, un héroe que se sacrificó por su ciudad en el año 362, cuando un terremoto abrió un pozo profundo cerca del Foro Romano que no podían cerrar; consultados los augures, estos dijeron que tendrían que arrojar dentro lo más preciado de Roma; fue entonces cuando el soldado consideró que lo más preciado de la ciudad eran sus valientes soldados y se arrojó a sus profundidades. En la élite de Roma del siglo XVI era frecuente reutilizar obras de arte antiguas para completar nuevas piezas.

La segunda fotografía nos muestra parte de uno de los salones de la Galería, donde el minimalismo no tiene nada que hacer; esculturas, pinturas, mosaicos, ornamentaciones de todo tipo se combinan y conjugan en un barroquismo extremo, pero con piezas realmente hermosas.

La Mancha, al atardecer y de día. (Belmonte)

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Fotos Bárbara.

La Mancha, la tierra de Don Quijote, es tan variada y diversa que para muchos como yo, que teníamos una idea simple y errónea, tuvimos que rectificar y aprender a verla con otros ojos. Para empezar, y como choque, les invito a visitar las Lagunas de Ruidera, un remanso de paz donde el agua y sus cascadas no dejan de asombrarnos. La vista de sus pueblos, desde lo alto, por ejemplo desde las almenas del Castillo de Belmonte o como estas desde el Hotel Palacio del Infante Juan Manuel, me enseñaron a querer estas tierras y a admirar la serenidad de sus paisajes,

El lema de Cosimo I de Medici y las tortugas

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Fotografías de la representación de la tortuga y la vela sacadas del interior del Palacio Viejo de Florencia, sobre distintos soportes.

Cosimo I de Medicis adoptó como lema la frase de Augusto «Festina lente», cuya traducción sería el oxímoron «apresúrate despacio». En la actualidad vendría a ser «qui va piano, va lontano» o en castellano el equivalente a «vísteme despacio que tengo prisa». El emperador Augusto se refería a la falta de reflexión de uno de sus comandantes y, según Suetonio, el historiador, era una de sus frases favoritas. Esta representación de la tortuga y la vela hinchada por el viento sería la plasmación de la frase en latín «festina lente». El reto consiste en encontrar dentro del Palacio las alrededor de cien representaciones de este singular «logo».

Las tortugas del obelisco. Plaza de Santa María Novella. Florencia

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Fotos Bárbara.

En las plaza hay dos obeliscos. Los obeliscos están fabricados en mármol sostenidos por cuatro tortugas en bronce y dichos obeliscos servían como línea de meta para las carreras de carros que se celebraban el 24 de junio; eran carreras de caballos de enganche, Palio dei Cocchi; uno de ellos situado justo enfrente de la iglesia y el otro al otro extremo de la Plaza. Los obeliscos, se erigieron en el siglo XVI y son de Juan de Bolonia. La plaza eran el centro de la vida social de Florencia. En el Museo Arqueológico de la ciudad hay tortugas en piedra, sospecho que las distintas representaciones de estos animales eran apreciadas por las distintas culturas que habitaron Italia. Recomiendo la visita a dicho museo, pequeño y muy didáctico que se ve muy bien, en un ambiente tranquilo que se agradece.

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Fotos Bárbara. Museo Arqueológico de Florencia.

Cosimo I Medici amaba la Roma clásica y las carreras de carros romanos por ello mando erigir en la Plaza dos obeliscos, uno de ellos mostraba la salida y el otro la meta, de ahí la forma de la plaza. Igual sucede con la plaza Navona de Roma casi rectangular donde se celebraban carreras y por ello no se ha querido cambiar su forma como recuerdo de las que allí se celebraron. Cada uno de los obeliscos realizados en mármol están sostenidos por cuatro tortugas en bronce.

El viento

La noticia corrió como el rayo. Simón se había tirado por el acantilado; decían que estaba loco, otros que era idiota. Solo Margalida, la del puesto del mercado, la vieja desdentada, la pescadera, sabía porqué lo había hecho y lo decía a todo el que quería escucharlo: «La Tramontana empezó a soplar al amanecer y el Simón se dejó ir; babeaba como de costumbre y pasó corriendo por delante del puesto; yo lo vi, lo vi mientras colocaba el pescado sobre las bateas, encima de las hojas de parra y el hielo. Simón, el idiota, reía mientras corría y daba saltos de contento. El viento le hinchaba la camisa y lo empujaba hacia el mar. Él se dejaba ir. Yo lo vi. El rugido del viento apagaba su voz, pero pude oír que llamaba al viento por su nombre: «Es la Tramontana, es la Tramontana», decía como si fuera un amigo que viene de lejos». Margalida, después callaba, suspiraba y al rato sentenciaba: «Son cosas de ese viento nuestro, que todos los años se cobra alguna pieza». Después escupía en el suelo con resignación.