Como Virginia Wolf.

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El reloj de péndola dio las ocho cuando cerró la puerta de un portazo. «No habrá encajado», pensó bajando ya la cuesta, «Y qué más me da», al tiempo que se abrochaba el abrigo. El sol se asomó por encima del pequeño puente. El río, manso como un cordero, le pareció una broma. Su rabia se estrelló contra el pretil de hierro y la gaviota planeó rompiendo la orilla como la sangre en su sien y se escondió en el recodo cuando, al otro lado del puente, Martín y su burro subían despacio. De su pecho brotó un suspiro de resignación. «Qué», le dijo Martín al pasar, «¿otro día como Virginia?» y ella «¡Vete a la mierda!». El burro rebuznó cuando ella le lanzó una piedra que sacó de sus bolsillos…

Medios de transporte romanos.

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¿Quién no recuerdan la película «Vacaciones en Roma» y el recorrido en vespa de sus protagonistas? Hoy la ciudad está tomada por las motos y se ven de todo tipo y cilindradas; la primera foto está tomada en la via Tor de Conti, así como la versión moderna de la vespa del servicio «BiciBaci» que se pueden alquilar para emular a Gregory Peck y a Audrey Hepburn correteando por Roma. No podrían faltar los patinetes, sin tanto glamour, y cómo no los tuck-tuck.

Una planta «desconocida».

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Esta planta de hojas carnosas, cuyas flores parecen bolsitas o, según como las capte la cámara, pececillos boqueando, esta planta, digo, Bossom no la reconoce. La tengo hace años y sigo sin saber como se llama, de modo que estoy por «bautizarla» como «bolsa» del latín «bulsa» y me quedo tan pancha. Las hojas tienen un brillo especial y, las dos que tengo, cuelgan a ambos lados de la puerta de la casa como dando la bienvenida.

En la Piazza del Popolo, «bistecca alla fiorentina».

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En la zona Norte de Roma, y más concretamente en la Piazza del Popolo, las distintas terrazas están siempre llenas de gente, y nosotros escogimos la del «Rosati», que es un coqueto restaurante de ambiente viscontiniano abierto desde 1922. La terraza comenzó a vaciarse cuando, esa tarde, se levantó un ligero viento que nos obligó a refugiarnos dentro. Habíamos tomado un ristretto fuera, pero la noche se precipitó y decidimos cenar allí mismo. Una decisión estupenda, pues tomamos una bistecca alla fiorentina sublime a pesar del camarero, que se empeñaba en decirnos que «era muy grande»; nosotros «que si, que sí» y él, «pero es muy grande»…; al final nuestro empeño le convenció y la bistecca nos supo a gloria. ¡Muy recomendable!

Ponte Sant’Angelo I (Roma)

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El puente del mismo nombre que el castillo está, a lo largo y a ambos lados, custodiado por una serie de figuras de ángeles que portan los elementos de la pasión de Cristo. En principio se llamó Ponte Elio y también fue conocido como puente de Adriano. Bernini diseñó la construcción de diez ángeles y él mismo acabó los dos originales que sostienen la corona de espinas y la inscripción de I.N.R.I., pero ambas fueron requisadas por el papa Clemente IX para su disfrute personal. El nombre del puente, sin embargo, se debe al Arcángel que está situado sobre el castillo. El río Tíber discurre bajo el puente con arcos que permitía el tránsito del pueblo desde el centro de la ciudad hacia la Plaza de San Pedro y el Vaticano. En el interior del castillo hay un pasaje oculto que conduce hasta el Vaticano, que se puede contratar para visitas turísticas. Las farolas se alternan con las esculturas, cuya belleza se dora al caer la tarde antes de que la electricidad cumpla su función; de día o de noche es uno de los rincones imprescindibles de Roma.

Bibliobar Roma.

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Después de dejar atrás el castillo de Sant`Angelo, paseando por este lado del Tíber, nos encontramos con un bibliobar. Un lugar encantador donde tomar algo, sentarse y seguir disfrutando de la tarde mientras ver como van cayendo las sombras alrededor del ángel o jugar una partida de ajedrez o charlar alrededor de un libro o contemplar los buenos modales de un perro tan pacifico como paciente.

Castel de Sant’Angelo (Roma)

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El Castel de Sant’Angelo se inspira en su aspecto exterior en el mausoleo de Augusto, construido en la rivera opuesta del Tíber más de un siglo antes. Fue realizado por el arquitecto Demetriano a partir del 123 d. C. como mausoleo para el emperador Adriano, que murió en el 138 d. C., antes de que estuviera terminado. Su sucesor, Antonino Pio, trasladó sus restos y los de su esposa Sabina en el 139 d. C. y, con posterioridad, fueron allí enterrados los restos de los emperadores que le sucedieron hasta Caracalla, cuyos nombres se leían en el friso de la fachada. Por su situación estratégica, con posterioridad fue un bastión defensivo de la ciudad. Las estatuas que adornaban el mausoleo, así como las columnas, incluido el carro y la estatua de Adriano desaparecieron debido a las guerras. La antigua Mole de Adriano se convirtió para siempre en castillo.

Visita al Coliseo por dentro.

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Visitar el Coliseo puede resultar agotador, pero es una ocasión única para rememorar lo que aquello suponía; la muerte estaba tan presente como la vida. La fiesta y la crueldad más despiadada se unían en unas celebraciones que hoy nos parecen bárbaras. La ingeniería romana, la arquitectura, el sistema para subir las fieras desde el piso inferior, todo ello nos habla de lo que fuera el grado de sofisticación de una cultura como la romana presente aún hoy en el legado que nos dejaron, no solo en la lengua sino en el derecho, por poner un ejemplo.

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Comer en «El Huerto del Cura».

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Comer en el Hotel Huerto del Cura en Elche siempre es una delicia. En esta ocasión unos medallones de rape con alcachofas, un tartar de atún y unos espárragos rellenos de ensaladilla extraordinarios, casi nos hicieron levitar. Sin olvidar decir que el personal es sumamente amable y el lugar, inolvidable.

La Dalia.

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La dalia, con todas sus variedades es, desde siempre mi flor preferida. La forma casi tubular de sus pétalos, al principio, se van agrandando a medida que la flor crece. Esta variedad de color lila me parece preciosa. Por las mañanas espero ver como se van abriendo los capullos y es una forma estupenda de comenzar el día.