Francisco Torres Monreal: Diez poetas canadienses

Francisco Torres Monreal

La antología «Diez poetas canadienses» del catedrático de la Universidad de Murcia, dramaturgo, crítico y traductor literario, Francisco Torres Monreal, publicada en mayo del 2008 por la Ed, Libros del Innombrable, portada de Louise Robert, es la primera de la poesía franco-canadiense publicada en España. Sin lugar a dudas vino a llenar el vacío que existía respecto de la creación que se hacía en la metrópolis. Poesía de Quebec a partir de los años 60. Edición bilingüe en la que se puede apreciar el rigor, la fidelidad al sentido, al ritmo, al estilo original poético. En este caso se da uno cuenta de que hay que ser «creador», estar en posesión del verso, además  de ser traductor literario, para que el texto «viva» como el original; trasmitir el latido que todo poema encierra es un milagro poco frecuente. En este caso «traduttore», no equivale a «tradittore», sino todo lo contrario. Algunos poetas ya fallecidos, como Gaston Miron, Michel Beaulieu y Marie Uguay (una revelación para mí), y otros como Louise Dupré, Pierre Nepveu y Hélène Dorion,  Paul Bélanger, Denise Desautels, Jacques Brault y Nicole Brossard cierran el circulo con una extensa producción literaria. Este interesante libro ha sido propiciado por una Beca de Investigación en Estudios Canadienses concedida por el Ministerio de Asuntos Exteriores del Canadá y con una subvención del Conseil des Arts du Canadá.

Los sauces llorones del Sena

Desde el sauce del Memorial de la Deportación. Foto: Bárbara.

 

Las  esbeltas ramas del sauce enmarcan la punta de la isla de la Cité señalándonos el lugar de acceso al Memorial de la Deportación.

La calle de Johnny Carter.

Rue Lagrange.Foto:Bárbara.

Ya hemos visto anteriormente que la Estirga Burlona desde lo alto vigila, mirando a la izquierda, la rue Lagrange y por qué, pues porque también es cortazariana y sabe que ahí vivía Johnny Carter, el torturado personaje de «El Perseguidor», la novela corta de Julio Cortázar que recomiendo a todos los cronopios e incluso a las famas, si tienen un buen día.

«El Perseguidor» de Julio Cortázar

"Julio Cortázar en Pont Neuf" (fragmento), Antonio Gálvez, 1971.

Me he preguntado recientemente si «El Perseguidor», que es una novela corta, pero redonda, inmensa, se puede considerar la precursora de su genial «Rayuela». Por más cortazariana que sea, no soy crítica literaria ni experta de nada salvo en atesorar recuerdos y amigos (que no es cosa baladí, porque hay días…)

Descubrí esta obra hace poco y en ella estaban todos los elementos que hicieron de Cortázar el escritor más genial, original e inteligente del siglo XX. En ambas se disfruta de la bastísima erudición de un políglota que paladea las palabras, las moldea, las esculpe a su antojo sacando de ellas destellos electrizantes que nos golpean sacudiéndonos de la monotonía de tanto best seller. En «El Perseguidor» se respira la atmósfera del barrio latino donde Johnny Carter (Charlie Parker), trompetista, y sus amigos aspiran la vida como una droga. La escritura cubista de Cortázar que avanza en distintas direcciones, profundizando en cada ángulo, en cada resquicio como un demiurgo que barajara todos los tiempos es él mismo «ser» cubista o tridimensional o polidimensional…; así somos, solo que no lo sabíamos con tanta certeza. Johnny Carter vive en el cuarto piso de un hotelito de la rue Lagrange… Curiosidades de la vida, en el 72 viví en el «Foyer Notre Dame», sito en el 5 de la misma calle, que ya no existe, que después ha sido librería de viejo y en el último año una tienda hindú. He pensado muchas veces dónde estaría ese hotelito, pero lo mismo da, la calle sigue allí con su jardín ahora llamado Square René Viviani y la pequeña iglesia donde programan conciertos en honor de María Callas…

El compromiso de Albert Camus.

Albert Camus, que falleció el 4  de enero de 1960 en un mortal accidente de coche cerca de Villebrevin, era de esos intelectuales del siglo pasado comprometido con la vida; nada que afectara al ser humano le era indiferente. Un intelectual que ejercía el deber de estar, de tomar partido ante los acontecimientos que le tocó vivir. Luchó contra las dictaduras, contra el estalinismo y se posicionó frente a la guerra de Argelia, de donde era originario, frente a los colonialistas, frente a los grandes colonos y a la metrópoli. Tras las guerras coloniales en el continente africano, la situación  de esos pueblos no mejoró sino todo lo contrario; los regímenes que se instalaron después nada tenían que ver con sistemas democráticos. Aún hoy en muchos la realidad, el día a día es dramático. Esta desoladora realidad Camus no la percibe desde el cementerio de Lourmarin, un precioso pueblo de la Provenza. Allí está enterrado cerca de su casa, cerca de los olivos de su jardín. Su amigo el poeta René Char nacido en l’Ile sur la Sorgue, la Venecia local, pueblo contaminado solo de belleza, le enseñó toda la que encierra el parque natural de Luberon y de los pueblos encaramados o esparcidos por sus laderas; le llevó a la Fontaine de Vouclus, lugar hecho agua donde Petrarca tiene su museo, a Gordes, a Lacoste, a Roussillon (donde cualquiera se perdería)… Cuando le concedieron el Nobel de literatura, Camus se compró una casa en Lourmarin, cerca del Mont Ventoux, a solo unos treinta kilómetros de la de su amigo. Reformó y acondicionó la casa, que había sido un criadero de gusanos de seda. Este hecho anecdótico parece una gran metáfora de su vida: precaria primero en Argelia, «pied noire» luego en Francia y finalmente inmenso escritor galardonado con el Nobel en 1957. Su hija en la actualidad vive en esa casa, en la calle que lleva el nombre de su padre. Camus murió joven y solo pudo disfrutarla dos años, pero estoy convencida de que en la Provenza encontró los colores, quizás la luz del Mediterráneo, de su Argelia natal. Aparte de ser un ejemplo de intelectual comprometido es, sin duda, uno de los grandes escritores del siglo pasado que arroja luz sobre la condición humana; es más, diría que para entender al ser humano hay que leer a Camus. Toda su obra es necesaria, más actual que nunca; solo destaco (por más cercanas a mí) «Calígula», «La Peste», «El extranjero» y «El primer Hombre», el manuscrito que llevaba en el coche el día que murió.

Los sauces llorones del Sena

Los hay como el guardián del Memorial de la Deportación y otros como este en la rive gauche que alberga o acoge a un hombre solitario en el momento captado, desde fuera, parece un refugio seguro, lejos de las miradas de los otros, un lugar perfecto para recordar…

Arroz modernista

Arroz modernista. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

Para los tiempos que corren nada mejor que volver a hacer milagros, convertir el agua en vino, multiplicar los panes y los peces, estirar el fondo de armario, en este caso de despensa; hay que volver a comer pan, pizzas, legumbres a destajo, frutas y verduras, mucha patata (los irlandeses comieron muchas durante la segunda gran guerra y ahí están así de majos; nosotros, en España, nos comíamos hasta las mondas); en la variedad está el gusto. Hoy propongo un arroz casero de esos que han pasado de generación en generación; una receta actualizada, barata y estupenda para el verano,

Arroz modernista

Ingredientes para 6 personas: Arroz en cantidad suficiente (mejor el oriental de grano largo o el que se tenga más a mano), salsa de tomate, mahonesa, unas hojas de lechuga, tres zanahorias y unas latas de atún en aceite.

 Hervimos con sal el arroz y lo enfriamos bajo el agua del grifo. Escurrimos muy bien la salsa de tomate que suele llevar más agua que tomate (son así de listos en las empresas conserveras tomateras). Hacemos lo mismo con el arroz hasta que quede sin nada del liquido elemento. Mezclamos todo bien y añadimos el atún. Picamos las hojas de lechuga que usamos para adornar igual que las zanahorias cortadas en tiras anchas, porque en juliana no hay quien las pille.