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Amanecer en la ría de Laxe.

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Foto de Aurelio Serrano García.

Bellísimo paisaje de la ría de Laxe donde se confunden los contornos en este amanecer que Turner habría hecho suyo. ¡Gracias mil, Aurelio por esta fotografía tan esplendida! Calma y serenidad, silencio y paz son los términos que evoca este parte de Galicia tan hermosa.

La Estirga y los Juegos Olímpicos.

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Fotografía de Brasaïs.

La Estirga me espera, lo sé. Le he mandado una carta al jorobado para que se la lea una noche de estas. Le digo que no puedo ir, aunque me quedo con las ganas, pero que he visto por la televisión los barcos deslizarse por el Sena. El espectáculo era fascinante y el entusiasmo de los participantes contagioso. Pero lo más era el espíritu de hermandad de los distintos pueblos. Le digo que «me imagino que nadie como tú, desde esa atalaya privilegiada de Notre Dame, habrá visto ese desfile fluvial lleno de calor. Y el color propagarse, ondear por la suave brisa de las diversas banderas de todos los continentes, mientras oías la música volar por encima y por debajo de los puentes desde el de Austerlitz repujado en dorado. Le digo también «que me hubiera gustado tanto sentir la lluvia en la cara mientras acaricio tu lomo de piedra sin pulir, al tiempo que contemplamos, las dos, el galope de ese caballo metálico que flota sobre el agua como fuera del tiempo, ingrávido. Desde el parvis, vemos como las luces incendian el recorrido del Sena hasta el Trocadero. Y la Tour barriendo con haces de luz el cielo de París, mientras una voz prodigiosa hacía que la Piaf, el gorrioncillo, estuviera presente. Ella no podía faltar; tampoco esa lluvia tan parisina. Ni siquiera faltó que sonaran las campanas de Notre Dame, como cierre de esa noche llena de embrujo y que sonaran a rebato para anunciar que la restauración va viento en popa y que el ocho de diciembre de este año, Notre Dame volverá a lucir como la joya que es.

Caravaggio, «Santa Catalina de Alejandría».

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Caravaggio, «Santa Catalina de Alejandría». Óleo sobre lienzo, 173 x 133 cm. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid.

Fue pintado en 1597 y es una de las cuatro obras seguras que se conservan en España. Estaba colgado en el Palacio Barberini de Roma. En 1930 el gobierno de Mussolini autorizó la exportación de varias obras de este palacio que pasaron a una galería de arte suiza siendo adquirida poco después por la familia Thyssen que la incluyó en el museo de Madrid en 1992. El mecenas del pintor, el cardenal Francesco Maria del Monte apreciaba esta obra de manera muy especial. Su estado de conservación es muy bueno en general y fue sometido a una limpieza de barnices en 2018. En el cuadro la santa está rodeada de los objetos con que fue torturada como la rueda de puntas aceradas y la espada con la que fue decapitada. La santa representa la belleza natural y serena de una joven del pueblo igual que hiciera Andrea del Sarto con sus madonas. Esta obra fue el preludio de las que siguieron para las iglesias romanas. Destacaría el bello colorido de la falda así como los pliegues de la blusa y el halo que circunda su cabeza señal de la santidad. La identidad de la modelo corresponde a la de Fillide Melandroni, cortesana que frecuentó el círculo de Caravaggio.

«La locura» de la Fontana de Trevi.

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Sin duda el lugar más visitado de Roma es la Fontana de Trevi; tanto es así que, como mucho, la podréis ver de perfil a no ser que paséis la noche al fresco o, como dicen los franceses, «a la belle étoile» cogiendo sitio. Yo la he «visto» a medias dos veces y ninguna de frente, pues un ejército de turistas bien pertrechados y alertados toman posiciones bien temprano. Lo mejor es volver a ver la película donde Anita Ekberg y Marcello Mastroianni juguetean en la fuente. Al final la culpa la tiene el cine, porque somos «animalicos» cinéfilos y románticos a más no poder.

Clara Peeters, pintora flamenca del XVII.

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Clara Peeters «Alcachofas, cangrejos y cerezas». Colección privada.

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Clara Peeters «Pescado y candelabro». Museo del Parado.

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Clara Peeters «Bodegón con golosinas, romero, vino, joyas y vela encendida». Colección privada.

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Clara Peeters. Óleo sobre tabla. Museo del Prado procedente de la colección de Isabel de Farnesio.

Pintora barroca supuestamente nacida en Amberes que pertenece a ese grupo minoritario de mujeres pintoras del siglo XVII y que, como las italianas, pudo vivir profesionalmente de la pintura por ser hija y nieta de pintores y que, por lo tanto, se formó en el ámbito familiar. Se la considera una de las iniciadoras del bodegón o naturaleza muerte en los Países Bajos. Destacó precozmente en la pintura de bodegones. Su primera obra la firma en 1607; contaba con unos catorce años. Los datos de su biografía son inciertos, si bien investigaciones recientes indican que pudo haber nacido en Malinas hacia 1587, siendo su nombre de nacimiento Clara Lambrechts, casada con el pintor Henrick Peeters. Clara desarrolla una gran actividad hasta 1621. Se conservan 39 obras con su firma. Hay que incidir en el hecho de que en su época a las mujeres pintoras no les estaba permitido el estudio de los cuerpos masculinos desnudos, por lo cual era muy recurrente que se dedicaran, como ella, a la realización de bodegones o a la recreación de temas religiosos o bíblicos femeninos. Meticulosa en el detalle, sus composiciones con objetos metálicos, jarrones, flores, quesos o piezas de caza o pesca, en apariencia sin orden, crean, sin embargo, unos conjuntos de un realismo y colorido magníficos. La belleza y viveza de sus naturalezas muertas hacen de la Peeters una pintora de primerísima fila, que realizó su obra antes de que Velázquez, por ejemplo, se iniciara en la pintura. Una característica de Clara Peeters es la inclusión en los reflejos de sus copas u objetos metálicos de su autorretrato, cosa que imitaron después otros pintores. El Museo Nacional del Prado cuenta en su colección permanente con cuatro de sus mejores bodegones, tres de ellos fechados en 1611. En octubre de 2016 hasta febrero de 217 el Museo Nacional del Prado organizó por primera vez, desde sus 200 años de historia, la exposición de una pintora, la de Clara Peeters. ¡Ya iba siendo hora!

Artemisia Gentileschi, pintora barroca romana.

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Artemisia Gentileschi «Judit y su doncella». Palazzo Pitti (Florencia)

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Artemisia Gentileschi «Autorretrato como alegoría de la Pintura». Royal Collection.

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Artemisia Gentileschi «Judit decapitando a Holofernes»

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Artemisia Gentileschi «Venus y Cupido».

Artemisia Gentileschi es otra magnifica exponente de la pintura barroca del siglo XVII. Nacida en Roma, también aprendió en el taller de su padre, el pintor Orazio Gentileschi, de la escuela naturalista romana de Caravaggio, el dibujo y las técnicas al óleo. En su quehacer desarrolló tema religiosos e históricos y son de destacar sus personajes femeninos como Cleopatra, Judit, Betsabeth… donde muchos ven en ellos un tratamiento marcadamente feminista, quizás también por un hecho que marcó su vida, su violación por parte de su maestro el pintor Agostino Tassi. Este suceso y el siguiente proceso están sobradamente documentados e incluso se han escrito diversas novelas teniendo a Artemisia como eje de la narración. Trabajó en distintas ciudades de Italia y en Londres bajo el auspicio de Carlos I. Comenzó en Roma desde donde pasó a Florencia y allí fue la primera mujer en entrar en la Accademia delle Arti del Disegno. Su extraordinario trabajo de factura impecable obtuvo la protección de Cosme II de Medici; trabajó en Génova y después en Venecia, donde conoció a Sobonisba Anguissola y a Van Dyck, y por primera vez una artista, mujer, recibió el encargo de realizar la pintura al fresco de la iglesia de Pozzuoli, cerca de Nápoles; antes se limitaban a realizar, por encargo, la llamada pintura de caballete. Después de su estancia en Londres, desde 1638 a 1641, regresó a Nápoles donde vivió hasta su muerte sobre 1656. A lo largo de los años, Artemisia realizó diversas versiones de algunos de sus cuadros, como «Judit degollando a Holofernes», que se puede encontrar en los Uffizi de Florencia. Otro caso es el de «María Magdalena como Melancolía», cuya primera versión se encuentra en la Sala del Tesoro de la catedral de Sevilla y la otra en México. Artemisia Gentileschi es una más de las artistas italianas que consiguieron fama internacional por su extraordinaria calidad, la luminosidad de seda de los vestidos, la pincelada prodigiosa y minuciosa, sus empastes y el colorido, acentuando el claroscuro a la manera de Caravaggio. Ese caravaggismo violento con el que retocó alguno de los cuadros de su padre y que no era lo esperado en una pintora. ¡Fantástica Artemisia Gentileschi!

Elisabetta Sirani, de la brillante escuela boloñesa.

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Elisabetta Sirani, «Retrato de Beatrice Cenci»

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Elisabetta Sirani, «Porcia hiriéndose en la pierna»

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Elisabetta Sirani, «Virgen de la pera»

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Elisabetta Sirani, «Autorretrato».

Brillantísima pintora italiana de estilo barroco miembro de la escuela boloñesa del siglo XVII y una de las pocas que tuvo proyección internacional. Nació en 1638 y su prematura muerte con solo 27 años truncó una carrera prodigiosa que, según los entendidos, podría haber seguido los pasos de Lucas Jordano (barroco decorativista); siempre el comparativo masculino en el tema de las artes, aunque solo la contemplación de su pintura nos da una idea de la categoría excelsa de toda su obra. Otra caso de pintora que aprende el oficio en el taller de su padre y así, con diecinueve años, se hace profesional, dado que, por la enfermedad de este, tuvo que hacerse cargo del taller para mantener a la familia. El apoyo que tuvo de su futuro biógrafo, el conde de Malvasía, fue decisivo para obtener el reconocimiento internacional y cabe destacar que, entre sus clientes, se encuentra el Gran Duque Cosme III de Medici. Su prematura muerte estuvo envuelta en polémicas; se culpó a su padre de hacerla trabajar frenéticamente. Sus temas predominantes suelen ser religiosos y a su muerte se pueden catalogar más de doscientas pinturas, amén de dibujos a tinta y lápiz. Sus hermanas, Bárbara y Anna María, también pintoras, trabajaron en el taller familiar así como doce de sus discípulas. Su funeral, que incluyó lecturas poéticas y música, lo presidió un gran catafalco y su efigie a tamaño natural. Está enterrada en la Basílica de Santo Domenico de Bolonia. En sus obras, la Sirani suavizó los claroscuros con sombras tostadas típicas de la escuela de Bolonia, al contrario que en sus dibujos, donde predominan los fuertes contrastes de luces. En España hay catalogadas dos obras suyas en el Palacio de Liria de Madrid. El retrato de Beatrice Cenci, el primero aquí reproducido, es de una belleza y delicadeza exquisita y en él se puede apreciar el llamado «efecto Rafael» que consiste en que coincida el lagrimal del ojo, izquierdo en este caso, con la mitad horizontal del cuadro.

Un pinsapo en la playa.

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En la playa de San Juan, en Alicante, la primera vez que lo vimos, este pinsapo nos llamó poderosamente la atención. ¿Es normal que un abeto se adapte tan bien a estas latitudes? No sabemos calcular su altura, pero es enorme. En mayo esta clase de abeto estaba lleno de piñas femeninas. Hace años ya que lo conocemos; cada verano sigue ahí altivo, fuerte, vigoroso y es como encontrarnos con alguien amigo que forma parte de un paisaje conocido.

Lavinia Fontana, extraordinaria pintora del Barroco. II

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«Venus y Cupido».

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«La Sagrada Familia con santa Catherine de Alejandría»

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«Autorretrato con clavicordio y una sirvienta». Galería de los Uffizi.

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«Retrato de Ginebra Aldovandi»

Lavinia Fontana, excelsa pintora nacida en Bolonia, tuvo la suerte de aprender pintura en el taller de su padre y, como dije en el post anterior, casarse con otro pintor alumno de su padre y que este se diera cuenta del genio de su mujer; todo ello propició que el marido de Lavinia se hiciera cargo de los once hijos que tuvieron y que, por ejemplo, le pintase los fondos de los cuadros a fin de facilitar su trabajo. Aunque anecdótico, es de destacar el papel que jugó su marido, todo un ejemplo de feminista en una época nada propicia para el desarrollo profesional de cualquier mujer. Lavinia, manierista, adoptó el colorido de la escuela veneciana y recibió el influjo de Corregio y de Pulzone. En los dos primeros cuadros se puede apreciar el gusto por los detalles, las transparencias, las joyas, con una precisión magistral. La viveza del color y la naturalidad de los personajes retratados, así como su técnica clásica, hacen de Lavinia Fontana una de las mejores pintoras de todos los tiempos. Es una pena que la reproducción de los dos últimos retratos no sea buena y se vean borrosos.