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Las industrias a orillas del Sena.

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Seguimos navegando y viendo, ante nuestro asombro, que el Sena también tiene su lado oscuro, su zona industrial. Los ecologistas se llevarían las manos a la cabeza, pero así es «el progreso» y en mundo en que vivimos. Aún así las fotos de Aurelio son magnificas.

Lo que vimos por la noche desde la cubierta.

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Por la tarde vimos una industria cementera. Pero fue por las noches, desde la cubierta del barco, donde pudimos ver muchas cosas. Por decirlo de alguna manera, de día era la cara de un paisaje muy hermoso y por la noche la cruz en los tramos donde se había instalado la industria. Y eso, como es lógico, no figuraba en la guía. Y era por la noche cuando los trasnochadores pudimos ver, en primer lugar, la instalación de un parque de atracciones y algo más tarde comenzamos a pasar por una zona muy industrial y lo que nos pareció una refinería… y cargueros. El cielo acharolado se llenó de columnas de humo blanco y de un olor muy fuerte y penetrante. La cara y la cruz de un río que al paso por París nos hace soñar.

Los sauces llorones y los «viscum album» o muérdagos blancos.

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De todos los árboles, tengo debilidad por los sauces llorones. Y lo es, desde que viviendo en Ciudadela de Menorca, cuando era pequeña, veía todos los días al ir al colegio uno muy bonito. Ya el nombre me llamaba mucho la atención. En la ribera de los ríos evita la erosión de los suelos, protege la flora y fortalece los cauces ante posibles desbordamientos. Ojo con esto que es sumamente importante. Durante la travesía por el Sena vimos muchos a la orilla del río; su nombre científico es Salix babylonica del latín mimbre o sauce y babylonica porque se considera originaria de Babilonia. Este árbol se asocia con la melancolía, la luna, el agua y la fertilidad. La cocción de las hojas es un buen remedio para distintos dolores y es interesante saber que, en el sauce blanco, que es de la misma familia que el sauce llorón, se encuentra de forma natural la aspirina. Pero la sorpresa fue el ver, por primera vez, en la foto tercera y cuarta el llamado muérdago blanco, que parasita diversos tipos de árboles, como álamos, naranjos e incluso pinos, formando como una especie de nidos.

Hacia la desembocadura, hacia Le Havre.

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Vamos hacia la desembocadura del Sena, hacia Le Havre. A uno y otro lado del río, pequeñas agrupaciones de casas, la mayoría con embarcaderos, barcos de mercancías, algún velero, gabarras, casas-barco. Y todo el paisaje con abundancia de arbolado, sauces llorones cuyas ramas como fustas se hunden en el agua; casas entramadas, con buhardillas y techos inclinados de pizarra negra. Mástiles que se alzan frente a las fechadas… rumor de aguas mansas y el deslizarse de cisnes blancos sobre unas superficies a veces no tan limpias, no tan claras.

Esclusa de Amfreville.

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Nos vamos acercando a la esclusa de Amfreville. Frente a nosotros una pasarela metálica azul nos sorprende por estar llena de gaviotas. Una vez el barco entra en la esclusa y se cierra la compuerta el barco sube gracias al nuevo nivel del agua. Desde dentro del camarote, el paisaje es sustituido por un muro; agobio momentáneo. Desde arriba el espectáculo es diferente; observamos la maniobra con curiosidad y esta nos lleva a las esclusas del Midi, que vertebran los paisajes franceses. El cielo azul y rosa pone el color a esta postal.

Dirección Honfleur. El château Gaillard.

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Impresionantes las enormes rocas sobre las que se construyó el Chateau Gaillard cuyas ruinas se elevan, hoy, sobre las casas entramadas tan típicas de Normandía. Seguimos ruta hacia Honfleur, la preciosa ciudad cuya mención ya aparece en documentos del siglo XI. Ciudad fortificada que jugó un importante papel en la Guerra de los Cien Años. En los siglos XVI y XVII se intensificó su desarrollo marítimo y comercial. Los pintores impresionistas, escritores e intelectuales del pasado siglo frecuentaban la ciudad como lugar de recreo y veraneo. Seguimos los meandros del rio mientras las ruinas del castillo Gaillard de más de 800 años y las piedras calizas dominan el paisaje, imponentes; abajo las casas parecen más pequeñas de lo que son, por el contraste tan fuerte con las rocas. La abundante vegetación otoñal unifica ese todo con tonos, ocres, verdes, dorados: hay rincones de suma belleza. El castillo fue construido por Ricardo Corazón de León y es monumento histórico desde 1862. Cuando se terminó de construir, se dice, que el rey exclamó: ¡Ah! ¡Qué castillo tan gallardo!

Atardecer en cubierta.

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Durante la travesía nos cruzamos con distintos cruceros; el nuestro, de Croisi Europe, es un barco ligero con una cubierta superior donde contemplar como se va despidiendo el día; es un panorama que vale la pena no perderse. En buena compañía, tomando una copa, o solos, para poder ensimismarse siguiendo la estela del barco o la espuma del agua, es un ejercicio de lo más relajante.

Barcos, gabarras, pescadores… Las riberas del Sena II

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Tras paisajes otoñales de exuberante vegetación, sin rastro humano, empezamos a ver barcas de pescadores con caña, gabarras-viviendas y todo tipo de embarcaciones surcando las aguas. Las «péniches» que transportan carbón y otro tipo de mercancías ya las había visto en París, así como gabarras adaptadas como viviendas amarradas en los «quais» de la ciudad hasta con sombrillas en la cubierta; a mí, que tengo espíritu aventurero, estas últimas me dan mucha envidia; navegar y amarrar en París, en la ciudad que adoro, me parece un sueño. Vimos muchos puentes -el de Normandía, soberbio- y unas casas preciosas con embarcadero, que me dediqué a fotografiar como testimonio de un tipo de vivienda a orillas del Sena desde sencillas cabañas de madera a villas impresionantes. Y seguimos navegando…

Las riberas del Sena.

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Un nuevo día. Navegar por el Sena en el mes de octubre supone, al despertar, sentir todo el frescor de la mañana, admirarse del verdor de sus riberas y cubrirse de capas para combatir la humedad del río. En la proa, los mozos del Botticelli sacan brillo a la campana, secan las maderas que el rocío ha llenado de gotas. Viniendo de una zona que el clima vuelve cada día más desértico, contemplar una vegetación tan exuberante es algo parecido a un éxtasis visual. De cuando en cuando los colores del otoño salpican las riberas y quisiera, en esos momentos, ser como esos sauces llorones que hunden las ramas en el agua; veremos muchos durante esta travesía gozosa.