Capitel persa, visto de frente, de una columna de la Apadana (sala de audiencias) del palacio de Darío I en Susa (circa 510 a. C.)
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Una calle con sabor: rue Monsieur le Prince. Les flâneurs.
Desde le Boulevar Saint Michel, casi a la altura du Jardin de Luxembourg , un poco antes de llegar a la Place Rostand, arranca la larga calle que desciende hasta el corazón de Saint Germaine-des-Pres que disputó al Barrio Latino ser el centro de la intelectualidad cuando París era el centro cultural del mundo; bajando, bajando llegamos a la Place Danton, con el revolucionario subido a su pedestal -la rive gauche siempre fue «rojilla» y libertaria-. El eco de la época dorada envuelve Saint Germaine-de-Pres, que se reafirma en sus innumerables librerías, cafés, restaurantes. Estamos, para situarnos, en el barrio donde residía el todopoderoso Cardenal Richelieu y donde se hallaba el cuartel de los tres mosqueteros -que eran cuatro-. La calle Monsieur le Prince, además de estar situada en uno de los lugares más próximos a todo lo que a un enamorado del París más evocador de principio del siglo pasado puede desear, es un remanso de paz y tranquilidad. A modo de reflejo esta foto que nos cuenta de la actividad peripatética que los amantes del paseo, de los que hacen de esta necesidad la razón de su actividad cotidiana sin rumbo prefijado, dejándose ir por los bulevares, por las rues y por las ruettes según su corazón les lleve… Para estos seres andarines los franceses tienen un nombre: Les flâneurs. Breton, el papa de los surrealistas, reivindica la figura del flâneur. El nombre de la librería nos habla del paseante de las dos riveras del Sena. Julio Cortázar era, ya lo sabemos por sus obras, un flâneur de las dos riveras.
Brassaï, la Estirga y la paloma
Desde que existe la fotografía, la Estirga ha sido objeto de deseo de los artistas del carrete y de los simples aficionados. Gyula Halász era oriundo de Brassó, por eso el seudónimo de Brassaï que significa oriundo de Brassó. Se nacionalizó francés y, como saben hacer muy bien los franceses con los artistas e intelectuales de otros países, lo hicieron suyo como a Picasso y a otros tantos. Francia siempre ha sabido mimar la cultura y eso les honra. Son muy conocidas las fotos que hizo a Picasso, en su taller y en su ámbito familiar, así como las de otros artistas que triunfaban en París en los años treinta. El libro «Paris de nuit» lo convirtió en una celebridad. Fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia. Volviendo a la foto, la paloma se diría que tiene una relación simbiótica con la Estirga; de qué naturaleza, no sabemos, pero su «estar» es de una placidez mayestática, nada luciferina ni diabólica. ¡Genial la foto!
Las acuarelas de Rodin

Rodin: «Femme en bleu». Musée Bourdelle. Paris.
François-Auguste Rodin, nacido el 12 de noviembre de 1840, contemporáneo pues de los impresionistas, es considerado el padre de la escultura moderna. Estudioso de la anatomía humana al modo clásico, que no de lo que se hacía en lo académico al uso, es sin duda el único seguidor de Miguel Ángel, el único discípulo capaz de seguir al Maestro sin por ello ajustarse a los cánones clásicos, sino amoldándolos en función de la expresibilidad que en cada caso necesita Después de su viaje a Italia, en 1875, dijo refiriéndose a Miguel Ángel: «Es él el que me ha permitido escapar de la escultura académica». Según palabras de Yvon Taillander, Rodin «es grande tanto por lo que ha destruido como por lo que ha creado». Aunque durante un tiempo tuvo que hacer trabajos decorativos de subsistencia, al alcanzar la fama y el reconocimiento su vida cambió hasta el punto de que vivió en el Hotel Biron, lugar donde se ubica en la actualidad su museo. Paseando por sus bonitos jardines, en primavera y verano, entre rosales y frondosos árboles, sus obras nos acompañan en un recorrido sorprendente. Poder contemplar el «Pensador» admirando al tiempo el colorido de las flores que lo circundan es un regalo; el canto de los pájaros nos conduce hasta el «Balzac», de imponente factura, de fuerza titánica y allí los gorriones o las abubillas, bajo el sol, campan a sus anchas; y desde más acá, bajo la sombra protectora de las ramas, «Las puertas del Infierno» o «Los Burgueses de Calais» a ras de suelo nos conmueven no solo por su grandiosidad sino también por su proximidad. Sorprende también ver, entre semana, a tantas mamás con sus niños que juegan a la pelota; pregunté y resulta que el jardín del Museo es público, cosa impensable por otras latitudes. Al fondo del Jardín unas tumbonas de teca comodísimas invitan al descanso; sobre ellas un entramado de hojas altísimas conforma una bóveda reconfortante, reparadora, fresca -ahora, conseguir una tumbona para la siesta después de comer en el restaurante «Le jardin de Varenne», es casi imposible-. Dentro del Museo nos esperan «El beso» y, una de mis preferidas, «La que fue hermosa mujer del herrero», terrible descripción de los estragos que en el cuerpo deja el paso del tiempo. «La Catedral» es otra pieza de inigualable belleza.
Sobre la relación que mantuvo el genio con Camille Claudel, prefiero pasar de puntillas, pues me parece detestable. ¡Nadie es perfecto, sin duda! Rodin pintó y sus acuarelas, magnificas todas, anuncian a un Matisse y a un Dufy. En ellas se muestra como un genial colorista que amaba, en su juventud, el colorido veneciano y que acudía al Louvre como copista siendo adolescente.
Imágenes del libro de Yvon Taillandier «Rodin». Ed. Flammarion, Paris, 1966.
Las quimeras tomando el sol
El pasado día 23, miércoles para más señas, amaneció despejado y, a medida que iba avanzando la mañana, la temperatura era de verano-verano; los turistas se iban quedando en camiseta y las quimeras en lo alto de Notre Dame se lo pasaban de lo lindo viendo ese trajín incesante de gente que sudaba y comía helados. Un sol de otras latitudes resbalaba sobre el cuerpo pétreo de las quimeras: las unas en cuclillas, las otras en actitudes risueñas, todas tomando el sol antes de que el Alcalde Delanoë inaugurara oficialmente las playas parisinas.
Una cita con Julio Cortázar en Montparnasse
Acabamos de estar en París. París, oh là là, bien merece una misa -incluso para los republicanos-, y el susto de un viaje en avión entre turbulencias y aterrizajes de infarto. Tres días escasos e intensos; allí los momentos se escapan entre los dedos o se eternizan, según si estamos permeables, con todos los sentidos alerta para captar el otro lado de las cosas. Teníamos una cita con el Maestro en Montparnasse. Llegamos por el Boulevard Edgar-Quinet y entramos por la puerta principal; iba tranquila, acompañada del mejor guía que conozco; él, con el mapa en la mano, iba seguro entre el laberinto de tumbas. Yo, un poco rezagada, mientras subía por el paseo, veía a lo lejos cómo el Ángel del Sueño Eterno de la rotonda se iba agrandando, impasible en su pedestal o, por efecto, pensaba, del sol, se empequeñecía y era un traveling a su capricho. Mentalmente le retaba: esta vez no se iba a reír de mí, «¡me cachendió!», como diría el Maestro. ¡Esta vez la iba a encontrar, él me acompañaba! A la altura de l’Allée Lenoir estaba la tumba 23 , ¡por fin!, acompañada por la de Gaston Maspero, profesor en el Colegio de Francia y de la de Cesar Baldaccini, escultor; estaba pues bien acompañado. El acceso a su parcela terrenal estaba cercada: interdit, passage interdit, pensé acostumbrada como estoy a pensar en francés cada vez que piso los empedrados, los adoquines. ¡Ah, no!, nada ni nadie nos lo iba a impedir. Salvamos el obstáculo yendo por detrás de las cintas que agarraban árboles sin ningún sentido. La lápida está dividida en dos cuadrados blancos; en el de arriba, el nombre de su segunda mujer, Carole -es todo un caballero-, y en el de abajo su nombre, y las dos fechas en las que se encierra una vida. Sobre la tumba, un sin fin de billetes de metro, flores secas, notas, cigarrillos y escritos de admiración en rotulador azul y rojo -el dibujo- directamente sobre el mármol para que la tinta penetre de corazón a corazón. Sobre la tumba una escultura divertida, como no podía ser menos, que para mí es la representación y la esencia del cronopio, teniendo en cuenta la descripción que hace de ellos y de cómo se le aparecieron por primera vez en el entreacto de un concierto de obras de Stravinski dirigido por él mismo y en el cual Jean Cocteau recitaba «Edipo Rey». Fue en el año 51 y acababa de llegar a Francia. Había entrado en «état second», como dicen los franceses. Al fondo la torre de Montparnasse, como guardiana del descanso de quien no descansó en su hacer, en sus compromisos políticos, de amistad. Un rato conversando con él nos hizo más fácil el hasta siempre. Le dejamos una rosa roja fresca con dos notas y dos piedras, una blanca y otra redonda con un agujero en el centro a modo de cenicero; antes de volver sobre nuestros pasos compartimos unos cigarillos con él mientras un cuervo iba de una rivera a otra de l’Allée Principal. Y ¡me cachendió!, al Maestro lo han colocado en la rive droite!
De paseo por el Louvre
De paseo por el Louvre
Marc Chagall en la Ópera de París.
Siendo presidente de la República Francesa el General de Gaulle se encarga al pintor bielorruso Marc Chagall, a través del entonces ministro de cultura André Malraux, la decoración del plafón de la Ópera Garnier de París. Esa fue ciertamente una decisión bien tomada. Cuando en semipenumbra se contempla la extraordinaria araña que ha ido bajando poco a poco para admiración de todos, pero sobre todo para los estudiantes que, en el gallinero -y qué gallinero-, contienen el aliento; entonces, libre de impedimentos, se puede contemplar el plafón poblado de compositores y de personajes de conocidas obras operísticas; pero eso es lo de menos, lo realmente interesante es el mundo de ensueño al que nos traslada siempre Chagall. Y si la ópera en cuestión dura tres horas y no es de las favoritas, pasear por el techo de la mano de esos pinceles merece la pena sin lugar a dudas.









