El gusto por algo es tan subjetivo como personal. Lo digo porque, aunque puedo presumir de haber leído «El Quijote», no es -para mí- un libro al que recurro con asiduidad; sin embargo, cuando quiero pasar un buen rato y reírme a gusto, vuelvo a releer «Cándido». Voltaire, que arremetió contra todo con su demoledora ironía, lo hizo también contra Shakespeare o Dante, dos genios de la literatura universal, cosa chocante; sin duda él también tenía sus gustos particulares. «Cándido» comienza así:
DE COMO CÁNDIDO FUE EDUCADO EN UN HERMOSO CASTILLO Y DE QUÉ MANERA FUE EXPULSADO DEL MISMO.
Había en Westfalia, en el castillo del señor barón de Thunder-ten-tronck, un joven a quien la naturaleza había dotado de hábitos modestos y encantadores. Su rostro dejaba adivinar su alma. Quizá por eso y porque hacía gala de un juicio recto y de un espíritu simple, se le llamaba Cándido.
La candidez y el espíritu optimista del personaje dan pie a un sinfín de aventuras por todo el mundo, teniendo como enseñanzas las del preceptor Pangloss, el más grande filósofo (de la provincia), que enseñaba la metafísica teologocosmolonigología. «Cándido» es definido por el rey de los búlgaros como «metafísico ignorante de las cosas de este mundo».
EN EL CAPÍTULO IV, ENTRE OTRA COSAS, SE DICE:
Pangloss contestó en estos términos:
-¡Ah mi querido Cándido! Vos mismos conocisteis a Paquita, aquella bella sirvienta de nuestra augusta baronesa; en sus brazos gusté de las delicias del paraíso, que son las que me produjeron estos tormentos infernales que me están devorando; estaba infestada y tal vez haya muerto. Paquita había recibido ese regalo de un fraile franciscano, muy sabio, quien había conocido el origen del mal: una vieja condesa que lo había recibido a su vez de un capitán de la caballería, el cual se lo debía a una marquesa, a quien había contagiado a un paje, habiéndolo recibido este de un jesuita, que, a su vez, siendo novicio, lo adquirió en línea recta de uno de los acompañantes de Cristóbal Colón. Por mi parte, no podré legárselo a nadie, porque me muero.
-¡Oh, Pangloss- exclamó Cándido-, qué extraña genealogía! ¿No habrá sido el diablo el origen de tamaño linaje?
-Nada de eso-replicó el gran hombre-; esta era una cosa indispensable en el mejor de los mundos, un ingrediente necesario. Porque si Colón no hubiera atrapado la enfermedad en una isla de América, esta enfermedad que envenena toda fuente de generación y que con frecuencia impide la misma, oponiéndose a los fines específicos de la naturaleza, nosotros no hubiéramos tenido la suerte de conocer el chocolate o la cochinilla.
EN EL CAPÍTULO XII SE DICE:
«…Al cabo de algunos días resolvieron comerse a las mujeres. Teníamos un imán muy piadoso y compasivo que les hizo un excelente sermón, con el cual casi los convenció de que no nos mataran del todo. «Cortadles -dijo- una nalga a cada una de las señoras y eso os reanimará ; si es preciso repetir, tendréis otro tanto dentro de algunos días. Con seguridad el cielo os premiará por tan benéfica acción y seréis socorridos.» Como era hombre de mucha elocuencia, los persuadió y se llevó a cabo la operación terrible.
Voltaire fue despiadado con las religiones, satírico, con un ingenio portentoso, de una cultura insuperable, de una imaginación fértil y un gracejo deliciosamente socarrón. Polemizó con todo y con todos; fue anatematizado, odiado, silenciado y amado como pocos autores. Si tienen ganas de pasar un buen rato y si son además de mente abierta, les recomiendo que lean El «Cándido» de Voltaire. Yo, debo confesar,soy una de sus fans.









