Después de un invierno cicatero en lluvia, la primavera anuncia algún que otro aguacero. Es el momento de hacer provisión de proteinas de forma gratuita; podría suceder que la cosa se redujera a cuatro gotas de nada; en este caso no se molesten, es mejor quedarse en casa escuchando a Billy Holliday. En caso de observar que llueve a conciencia, no hay que perder el tiempo en divagaciones, no sea indeciso: cálzese unas botas de agua, póngase un chubasquero, amarillo a ser posible, y abrigue al perro caso de que tenga can; en tan buena compañía váyase al campo o algo parecido verde que tenga cerca. Pasee un buen rato -el ejercicio lo agradecen los perros siempre que les guste la lluvia; el mío es de secano; él se lo pierde, el pobre-, lo digo porque la tierra huele a Chanel núm. 5 y a los alvéolos pulmonares les entra un no se qué expansivo parecido al sentir del cosmos. Tras fuerte chaparrón los caracoles comienzan su lenta aparición, se estiran perezosos con una alegría contagiosa; es el momento de ir cogiéndolos de uno en uno con la delicadeza que ellos se merecen. Ya en la cocina hay que ponerlos en una caracolera de esparto con harina para que se vayan purgando ellos solitos. Pasados unos días ya están listos para ser cocinados.
Caracoles a la literana
Ingredientes para 6 personas: 2 kilos de caracoles, 8 cucharadas de harina, pimienta negra molida en abundancia, cayena molida al gusto, aceite de oliva (mejor), vinagre. Esta receta es de lo más económico.
Lavamos muy bien los caracoles con agua y vinagre cambiando al agua varias veces. Los ponemos a hervir en una cazuela grande hasta que estén cocidos. Cambiamos el agua y los volvemos a lavar bajo el agua del grifo. En una sartén grande con suficiente aceite doramos la harina y añadimos bastante pimienta y cayena al gusto; incorporamos los caracoles y vamos dando vueltas hasta que se forme una capa de harina que envuelva la concha de los caracoles. Se toman bien picantes y se acompañan de ajoaceite. Un vino tinto es casi necesario.








