

LAS HOJAS DEL TIEMPO.
(Le pont aux double)
Mirate:
indiferente.
Sin saber guardar
ni tu lejanía,
ni mi ausencia.
Del libro «Poemas de Nina» de Bárbara G. Carpi.


LAS HOJAS DEL TIEMPO.
(Le pont aux double)
Mirate:
indiferente.
Sin saber guardar
ni tu lejanía,
ni mi ausencia.
Del libro «Poemas de Nina» de Bárbara G. Carpi.


Fotos Gero García Gázquez.
Así estamos muchos, esperando las vacaciones; soñando con el mar o la montaña o la visita a ciudades que nos atraen desde siempre. Últimamente prefiero no viajar en verano, procuro pasar el calor en casa con el aire acondicionado, el ventilador a todo gas y las duchas intermitente; el calor tórrido me mata y encuentro que el otoño o la primavera son las dos estaciones ideales para moverse por el mundo. Que cada cual haga lo que pueda teniendo en cuenta que lo que hagamos sea sostenible para el planeta, bastante castigado ya. ¡Gracias, Gero, por esas fotos tan bonitas!




Contemplando la corteza rugosa de ciertos árboles, como el de las moreras, por ejemplo, me acuerdo de aquel eslogan de «la arruga es bella», que me lleva a pensar en que la piel de los humanos mayores, surcada de arrugas, refleja, todas y cada una de ellas, la vida que se ha vivido, la de experiencias acumuladas y de lo absurdo que es intentar borrar el paso del tiempo.

Sigo pensando que hoy los impresionistas serían fotógrafos; captar el modo en que la luz incide en los objetos, plantas, paisajes con una cámara supone una actividad muy gratificante. Llevo muchos, muchos años pintando y ahora siento la misma satisfacción el ir a la caza de la luz, ver como dora las hojas, por ejemplo, o captar la atmósfera de algo, aunque eso solo lo logran los «grandes».


Vimos en la galería Borghese el altorrelieve, en mármol, que representa el sacrificio del soldado romano Marcus Curtius que se arrojó al abismo con su caballo en el año 362. Según se cuenta, ese año un terremoto abrió un pozo profundo cerca del Foro que no había manera de cerrar; consultados los augures dijeron que habría que arrojar allí lo más preciado de Roma. El soldado Marcus Curtius pensó que lo más preciado de Roma eran sus soldados y por ello se lanzó al abismo con su caballo. En las fotos se ve el lugar exacto donde se sacrificó el soldado.





Esta carnosa, cuyas hojas parecen bailar sevillanas con sus volantes y todo, me encanta. Cuando le llega el momento de la floración, le sale un vástago que se eleva y se eleva y de él una serie de florecillas rojas con forma de campañillas muy pequeñitas que duran y duran muchos días. En la última foto se ven, en la parte de abajo, unos hijillos que observo para ver como se van desarrollando.

La imagen de Buda es relajante, bondadosa, tranquila. La leyenda dice que era un príncipe llamado Sidarta y que vivió en la opulencia en su juventud. La leyenda también dice que llevaba una cabellera larga que se cortó con una espada y que los rizos pequeños no volvieron a crecer. Abandonó las riquezas y se dedicó a la meditación. Otros cuentan que cuando un día estaba sentado bajo un árbol comenzó a meditar para llegar al nirvana; los rayos del sol, pasadas muchas horas, incidieron sobre su cráneo rapado y un caracol subió a su cabeza para que su baba la enfriara y propiciar así dicha meditación, ejemplo que siguieron otros hasta hacer un número de 108, que quedaron allí desecados. Esa historia de Buda con la cabeza llena de caracoles a modo de tocado la desconocía hasta hace bien poco y eso que tengo varios en casa, porque es una imagen que, como he dicho, me resulta relajante y llena de paz espiritual, aunque sorprendentemente no me había fijado en la forma de dichos caracoles. Por otro lado el caracol es, desde siempre, un animal que me apasiona, entre otras cosas porque se toma la vida con una tranquilidad envidiable y el sacrificio de ellos se representa sobre la cabeza de Buda desde entonces.







Desde la terraza del Hotel Forum, con una situación inmejorable, por las noches se puede ver una parte del Foro iluminado. En ese ambiente super agradable, la noche romana se disfruta a tope. En la terraza no falta de nada, ni siquiera un guiño a «La boca de la verdad».




Para hacerse una idea más completa de todo el Foro, lo mejor es hacer piernas y subir a la colina del Palatino, desde allí se abarca todo. En las fotografía, esas cabecillas que se ven en lo alto pertenecen a aquellos que quieren verlo desde arriba.








La visita al Foro se puede hacer en un día junto con el Coliseo y el Palatino o hacerlo en dos, que nos pareció más razonable, sobre todo teniendo en cuenta que este abril pasado el sol y el calor se anticipó al verano, de modo que sin sombra a la vista, en medio del recorrido, lo oportuno era sentarse sobre algún resto arqueológico (con el debido respeto, eso sí) cuando el cuerpo desfallecía. Los dioses, a resguardo en los templos, debían regocijarse de ver el tour de los pobres mortales sin resuello; solo a la salida, y después de haber subido en un ascensor debidamente camuflado detrás de unos enormes y hermosos bajorrelieves, pudimos tomar aliento y calmar la sed en un minúsculo bar atestado de ciudadanos venidos de todas las partes del imperio. Los que estaban fisgoneando desde el Palatino, contemplando desde arriba todo el Foro (esa es otra opción) eran como figuras negras a contraluz, que debían también sudar lo suyo. Tomándome una birra muy latina llegué a la conclusión de que lo ideal sería visitar el Foro de noche, a la luz de la luna, con gladiadores portando antorchas y una reclinada en un triclinium.