







Un nuevo día. Navegar por el Sena en el mes de octubre supone, al despertar, sentir todo el frescor de la mañana, admirarse del verdor de sus riberas y cubrirse de capas para combatir la humedad del río. En la proa, los mozos del Botticelli sacan brillo a la campana, secan las maderas que el rocío ha llenado de gotas. Viniendo de una zona que el clima vuelve cada día más desértico, contemplar una vegetación tan exuberante es algo parecido a un éxtasis visual. De cuando en cuando los colores del otoño salpican las riberas y quisiera, en esos momentos, ser como esos sauces llorones que hunden las ramas en el agua; veremos muchos durante esta travesía gozosa.


















































