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Picasso: «El entierro de Casagemas».

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Esta obra pertenece al periodo azul de Pablo Picasso; en ella se plasma el dolor por la muerte de su amigo Carles Casagemas. Y se evidencia, por la arquitectura del lienzo, por la serie de personajes dolientes y por la separación terrenal y celestial del cuadro, un guiño a la obra de el Greco «El entierro del señor de Orgaz», más conocida como «El entierro del conde de Orgaz». No es de extrañar, porque el pintor malagueño, durante su extensa vida pictórica, ha tenido un diálogo permanente con las obras de los grandes artistas de otras épocas. Tuve la suerte inmensa de asistir a la extraordinaria exposición que se celebró entre octubre 2008 y febrero de 2009 en París, en el Grand Palais, llamada «Picasso y los Maestros». De dicha exposición, por ejemplo, recuerdo el cuadro de el Greco «San Martín y el mendigo», de entre todos los que Picasso estudio y recreó de los «maestros». Volviendo al «Entierro de Casagemas», la parte superior de esta obra que correspondería a lo celestial, Picasso la cierra con grandes pinceladas blancas sobre el azul y puebla su particular paraíso con dos niñas, unos desnudos y hasta un caballo blanco con jinete y figura desnuda de espaldas como un guiño a Chagall. Es evidente que el significado trascendente de la obra del Greco, desaparece en la obra de Picasso; en este sentido nada que ver entre el cretense y el malagueño.

«El entierro del señor de Orgaz» de el Greco.

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La obra maestra de el Greco es una obra manierista pintada al óleo sobre lienzo con unas dimensiones de 4,80 x 3,60 m. Se encuentra en la iglesia de Santo Tomé de Toledo. Merece la pena una visita a Toledo para contemplar esta obra de madurez del Greco. El 15 de marzo de 1586 se firma el contrato entre el párroco, su mayordomo y el pintor, en el que se cita de forma muy precisa la iconografía de la parte inferior del lienzo. En él se narra como dos santos, San Agustín y San Esteban, bajaron del cielo para enterrar el cuerpo de don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la villa de Orgaz, que luego sería condado; el uno, con mitra, sujetándole de la cabeza y el otro de los pies. En el acuerdo se establece «que encima de todo esto se ha de hacer un cielo abierto de gloria». Se pagan doscientos ducados a cuenta y la obra debía de estar acabada para la Navidad de ese mismo año. El Greco consigue tras un tira y afloja que se le pague el importe de 1200 ducados que pedía. El tema del cuadro es el milagro que se produce en el entierro de don Gonzalo donde, además de los santos, aparecen retratados una serie de personajes de la aristocracia contemporáneos del pintor vestidos con ropajes del siglo XVI, cosa anacrónica, ya que el hecho se produjo trescientos años antes. El cuadro se divide claramente en dos partes, la parte terrenal y la celestial; en la parte terrenal una fila de personajes vestidos de negro con gesto adusto asisten al entierro, entre ellos está el autorretrato del propio pintor, a la derecha del fraile dominico, mirando de frente. El conde es representado con reluciente armadura, algo que se contradice con su forma de vida ejemplar, devota y dedicada sobre todo a las obras de caridad. Él mismo arregló y amplió la iglesia donde está enterrado. En primer término, el Greco retrata a su hijo cuando tenía diez años vestido de gala y con golilla, una aparición que según mi opinión no viene a cuento. La unión entre el cielo y la tierra es el alma del conde que asciende de la mano de un ángel. Jesucristo preside la parte superior, vestido de blanco, con la virgen María, que acoge el alma, acompañados de los bienaventurados, entre los que vemos a Moisés, al rey David y a San Pedro con las llaves. El trabajo del Greco se alargó hasta finales de 1587, posiblemente para el aniversario del milagro y fiesta de santo Tomás. El lenguaje manierista del pintor está presente en esta obra, sus figuras alargadas, escorzos imposibles, colores ácidos y brillantes, cuerpos vigorosos, uso arbitrario de las luces y las sombras para marcar las distancias entre los diferentes planos…. Visitar Toledo en cualquier época del año, menos en verano, es una delicia.

Buda y los caracoles.

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La imagen de Buda es relajante, bondadosa, tranquila. La leyenda dice que era un príncipe llamado Sidarta y que vivió en la opulencia en su juventud. La leyenda también dice que llevaba una cabellera larga que se cortó con una espada y que los rizos pequeños no volvieron a crecer. Abandonó las riquezas y se dedicó a la meditación. Otros cuentan que cuando un día estaba sentado bajo un árbol comenzó a meditar para llegar al nirvana; los rayos del sol, pasadas muchas horas, incidieron sobre su cráneo rapado y un caracol subió a su cabeza para que su baba la enfriara y propiciar así dicha meditación, ejemplo que siguieron otros hasta hacer un número de 108, que quedaron allí desecados. Esa historia de Buda con la cabeza llena de caracoles a modo de tocado la desconocía hasta hace bien poco y eso que tengo varios en casa, porque es una imagen que, como he dicho, me resulta relajante y llena de paz espiritual, aunque sorprendentemente no me había fijado en la forma de dichos caracoles. Por otro lado el caracol es, desde siempre, un animal que me apasiona, entre otras cosas porque se toma la vida con una tranquilidad envidiable y el sacrificio de ellos se representa sobre la cabeza de Buda desde entonces.

Desde el Palatino.

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Para hacerse una idea más completa de todo el Foro, lo mejor es hacer piernas y subir a la colina del Palatino, desde allí se abarca todo. En las fotografía, esas cabecillas que se ven en lo alto pertenecen a aquellos que quieren verlo desde arriba.

El Foro II (Roma)

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La visita al Foro se puede hacer en un día junto con el Coliseo y el Palatino o hacerlo en dos, que nos pareció más razonable, sobre todo teniendo en cuenta que este abril pasado el sol y el calor se anticipó al verano, de modo que sin sombra a la vista, en medio del recorrido, lo oportuno era sentarse sobre algún resto arqueológico (con el debido respeto, eso sí) cuando el cuerpo desfallecía. Los dioses, a resguardo en los templos, debían regocijarse de ver el tour de los pobres mortales sin resuello; solo a la salida, y después de haber subido en un ascensor debidamente camuflado detrás de unos enormes y hermosos bajorrelieves, pudimos tomar aliento y calmar la sed en un minúsculo bar atestado de ciudadanos venidos de todas las partes del imperio. Los que estaban fisgoneando desde el Palatino, contemplando desde arriba todo el Foro (esa es otra opción) eran como figuras negras a contraluz, que debían también sudar lo suyo. Tomándome una birra muy latina llegué a la conclusión de que lo ideal sería visitar el Foro de noche, a la luz de la luna, con gladiadores portando antorchas y una reclinada en un triclinium.

El Foro I (Roma)

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Visitar el Foro es sumergirse en el Imperio romano. Los restos de la ciudad donde se levantaban la casa de Augusto, de Livia, el templo de las vestales… es, si uno es capaz de abstraerse de la gente, emocionante y apabullante. El esplendor de la Roma clásica se percibe contemplando la belleza de las columnas, de los capiteles corintios, los bajorrelieves, los templos, el lugar de la domus áurea de Nerón… El único inconveniente, la única critica posible es que el recinto está mal señalizado.

El cielo en la Place Vendôme (París)

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Y hablando de cielo, el de la Place Vendòme de esta fotografía no está nada mal,»pas mal» que dicen por allí. Esta plaza histórica de París está situada en el distrito I al norte del jardín de las Tullerias y al este de la iglesia de la Madelaine. Se llamó Place Vendôme por el hotel Vendôme que existía en el lugar. Durante la revolución francesa se llamó Place de les Piques, porque en ella se exhibían en picas las cabezas de los aristócratas y también place Louis le Grand y en sus orígenes place de les Conquetes. En el centro de la plaza se erigió una escultura ecuestre del Rey Sol, que fue destruida durante la Revolución Francesa. Su arquitectura se debe a Jules Hardouin-Mansart, arquitecto del Louis XIV. Los comuneros destruyeron esta escultura por representar el poder real y la tiranía; después Napoleón levantó en su lugar la actual columna dedicada a sus campañas bélicas por Europa a imitación de la columna de Trajano en Roma; para su construcción se fundieron los cañones capturados al enemigo en la batalla de Austerlitz. Napoleón aparece en su cima vestido a la romana. La columna es obra de los arquitectos Jacques Gondoin y Jean Baptiste Lepère. Para hacer los bajorrelieves se utilizaron 150 toneladas de bronce y fueron diseñados por Pierre Bergeret para narrar, en 76 escenas, las batallas napoleónicas. La altura de la columna es de 44 metros y declarada Monumento Histórico en 1992. A día de hoy la estatua de Napoleón no es la original, sino la que su tío Napoleón III encargó a Agustín Dumont, pues en 1814 fue sustituida por la bandera blanca de los Borbones. Una anécdota histórica es el hecho de que en dicha plaza murió Chopin en 1849 en una modesta dependencia del número 12. En la actualidad el lujo reina en la plaza. Las mejores joyerías están allí ubicadas, así como los lujosos hoteles Ritz y Vendôme.

Los Ángeles del puente (Roma)

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En el puente de Sant´Angelo podemos admirar diez figuras de ángeles y las figuras de San Pedro y San Pablo. Cada una de la figuras porta uno de los elementos de la pasión de Cristo y así vemos: que la que porta la corona de espinas fue realizada por Bernini y su hijo Paolo, hoy en la iglesía de Sant`Àndrea delle Fratte y que fue sustituida por la copia en el puente realizada por Paolo Nardini; la del ángel con la columna de Antonio Raggi; la del ángel con la fusta de Lazzaro Morelli;; la del ángel con sudario de Cosimo Francelli; la del ángel con la túnica y los dados también de Paolo Nardini; la del ángel con los clavos de Girolamo Lucenti; la del ángel con la cruz de Ercole Ferrata; la del ángel con la inscripción «Regnavit a ligno deus» de Bernini y su hijo Paolo, copia en el puente de Giulio Cartari; ángel con la esponja de Antonio Giorgetti y por último el ángel con la lanza de Dominico Guides. El movimiento de los paños de las figuras que, parecen flotar movidos por el viento, les dota de una singular belleza.

Antes del siglo XVI el puente se utilizaba para exponer los cuerpos de los ejecutados en la cercana Piazza di Ponte y con anterioridad el puente era utilizado para llegar a la Basílica de San Pedro. El papa Clemente VII destinó el peaje del puente para erigir las esculturas de San Pedro y de San Pablo y más tarde de los cuatro evangelistas y patriarcas. En 1669 el Papa Clemente IV encargó el reemplazo de los ángeles de estuco de Raffaello de Montelupo. Bernini programó la construcción de los diez ángeles actuales de los cuales, como hemos dicho, realizó dos junto a su hijo Paolo, que en la actualidad se encuentran en la iglesia Sant`Andrea delle Fratte.

Ponte Sant’Angelo I (Roma)

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El puente del mismo nombre que el castillo está, a lo largo y a ambos lados, custodiado por una serie de figuras de ángeles que portan los elementos de la pasión de Cristo. En principio se llamó Ponte Elio y también fue conocido como puente de Adriano. Bernini diseñó la construcción de diez ángeles y él mismo acabó los dos originales que sostienen la corona de espinas y la inscripción de I.N.R.I., pero ambas fueron requisadas por el papa Clemente IX para su disfrute personal. El nombre del puente, sin embargo, se debe al Arcángel que está situado sobre el castillo. El río Tíber discurre bajo el puente con arcos que permitía el tránsito del pueblo desde el centro de la ciudad hacia la Plaza de San Pedro y el Vaticano. En el interior del castillo hay un pasaje oculto que conduce hasta el Vaticano, que se puede contratar para visitas turísticas. Las farolas se alternan con las esculturas, cuya belleza se dora al caer la tarde antes de que la electricidad cumpla su función; de día o de noche es uno de los rincones imprescindibles de Roma.

Castel de Sant’Angelo (Roma)

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El Castel de Sant’Angelo se inspira en su aspecto exterior en el mausoleo de Augusto, construido en la rivera opuesta del Tíber más de un siglo antes. Fue realizado por el arquitecto Demetriano a partir del 123 d. C. como mausoleo para el emperador Adriano, que murió en el 138 d. C., antes de que estuviera terminado. Su sucesor, Antonino Pio, trasladó sus restos y los de su esposa Sabina en el 139 d. C. y, con posterioridad, fueron allí enterrados los restos de los emperadores que le sucedieron hasta Caracalla, cuyos nombres se leían en el friso de la fachada. Por su situación estratégica, con posterioridad fue un bastión defensivo de la ciudad. Las estatuas que adornaban el mausoleo, así como las columnas, incluido el carro y la estatua de Adriano desaparecieron debido a las guerras. La antigua Mole de Adriano se convirtió para siempre en castillo.