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La «Tramuntana».

En ocasiones la habitación se llenaba de luz. Sonaba la «Tramuntana» y las contraventanas de madera golpeaban la pared blanca de cal. Rayos y truenos se sucedían y yo no podía dormir; en la cama de al lado tú dormias plácidamente. Las tormentas de allí, de la isla, me transportaban al infierno, tenía miedo y tu sueño placentero me irritaba más que nada en este mundo. Tenía que venir papá y calmar el terror infantil que estremecía mi cuerpo y me hacía sudar. Papá, sentado en la cama, me subía el embozo y, en voz baja, para no despertarte, me contaba «el cuento de los bocadillos», el mejor de los cuentos, el que Sherezade ni podía haber imaginado. Por el rabillo del ojo miraba hacia tu cama por ver si te estabas perdiendo este momento que no quería compartir con nadie y menos contigo, mi hermana mayor, la perfecta.

Como un pajarito.

Marieta dormitaba en su gabinete. A las cinco de la tarde una tormenta eléctrica sacudió la tierra y a ella le pareció el fin del mundo; un rayo iluminó la pequeña estancia y el trueno que siguió la despertó del todo. Apresurada, salió al vestíbulo como si la casa se fuera a derrumbar sobre su cabeza y temerosa llamó a su inquilina en vano; ella regaba las plantas en el patio interior ajena a sus llamadas; en vista de lo cual se puso un chubasquero, cogió un paraguas y las katiuskas de las niñas y se fue corriendo al colegio. Menuda, con su pelo blanco, andada como un chorlitejo chico a pequeños saltitos, ya digo como un pajarito. Se había arrogado el papel de abuela de aquellas niñas, que ahora eran las que daban sentido a su vida de viuda, sin hijos, de anciana solitaria.

Siguiendo las huellas del maestro Cortázar.

Buscaba por todo el Barrio Latino y por Montparnasse la huella del escritor. Amaba sus cronopios y famas y recorría sin descanso la calle donde vivió su personaje favorito, de tal forma que, cuando enfilaba la rue Lagrange, sonaba música de jazz. Sin darse cuanta se había convertido en el perseguidor cuando se sentaba en el pequeño velador del café Le Metro. Aquel día de cielo incierto donde lo brumoso persistía borrando los contornos de las esquinas, decidió darse una vuelta por el cementerio de Montparnasse, aun sabiendo que era un suicidio enmascarado. No obstante ascendió sin dudarlo por la calle y se sintió aliviado cuando el cuervo le fue guiando hasta la tumba; y allí se posó sobre la lápida para que él pudiese reposar junto a su maestro enhebrador de historias de cronopios y de famas.

El pájaro negro.

Aquel pájaro trazó un circulo en el cielo. Después desapareció hacia la derecha extendiendo las alas, planeando sobre el tejado rojo, sobre la cúpula de ladrillos cuya la campana volteó a las doce; su sonido sobresalto a los gorriones que salieron volando en todas direcciones. Pero aquel pájaro siguió el rumbo trazado en el mapa azul, limpio de nubes. Y siguió sobrevolando el río que sinuoso discurría por entre los cañaverales, dejando atrás el tejado rojo, la cúpula y la campana. Aquel pájaro negro, por fin, se posó sobre el sombrero de paja del espantapájaros y grazno aliviado.

«Pessigolles»

El barco correo entre las islas pasó de largo. Sentada en aquel bar del pequeño puerto de Ciutadella, lo vio; recortado sobre el negro, la popa era como una gaviota que dobló enseguida la costa y se perdió en la noche. Las notas de una habanera, desde dentro del local, le hizo sonreír; se imaginó a su padre que los domingos preparaba la paella y canturreaba: «Un señó demunt un ruc…» en un menorquín que desconocía y como su risa se mezclaba con las «pessigolles», las cosquillas, que intentaba hacerle mientras ella se escapaba riendo y el perro daba saltos alrededor del fuego, olisqueando el arroz que olía a gloria. Se pidió una «pallofa», olió el gin y mentalmente brindó por él. Miró hacia el puente que llevaba a su infancia, al carrer de santa Bárbara, a un tiempo feliz desaparecido como aquel barco en la noche. Seguían las habaneras y las flores blancas de las alcaparras perfumaban su recuerdo en aquel bar del pequeño puerto de Ciutadella.

Sonaba Pau Casals.

La sonata para violonchelo solo de Juan Sebastian Bach le llegaba desde lejos; las avispas zumbaban cerca de la higuera y ella se abandonaba bajo un cielo azul. Tenía el libro abierto sobre el regazo y la hamaca la inducía despacio hacia el sueño. Todo se conjugaba para que ella se dejara llevar, pero justo en ese momento, un ruido, proveniente de la cocina, seguida de un maullido le chafó la mañana. Un humo negro, igual que el gato, salió desde el pasillo de losas verdes donde estaba el pozo y las provisiones. El chico del colmado las había amontonado con cuidado, pero había dejado la puerta abierta. Oyó el ruido metálico de las cacerolas y vio la cola negra chamuscada que dejó en el aire un tufillo poco grato. En el suelo los garbanzos y los fideos se mezclaban con los huesos de caña, el ternasco, y los chorizos; la panceta voló por el aire con tal precisión que el gato solo tuvo que dar un salto para hacerse con el botín. La mañana no había terminado bien a pesar de la sonata, de Pau Casals y de aquel concierto en la Casa Blanca.

La memoria.

Había salido temprano o eso pensó, porque, cuando cogió las llaves y cerró la puerta, la oscuridad más absoluta la envolvió. Retrocedió y miró asombrada; una Luna menguante allá arriba no le dio ninguna pista, pero algo no iba bien. Pensó si no sería demasiado temprano y avanzó, no obstante, unos pasos. Y anduvo por la noche, a pasitos cortos como un pajarito, como un chorlitejo chico. Marieta iba agarrando el misal y el bolso negro de charol; su pelo blanco con tonos de luna iluminaron la esquina cuando la dobló. Cerca ya del mercado, cerrado a cal y canto, fue cuando cayó en la cuenta de que había salido de noche. Se paró frente a las arcadas de azulejos verdes y blancos, y se sentó en un banco. El frío hizo el resto; toda la humedad del relente, la sintió a través de la combinación de encaje negro; las flacas, delgadas nalgas se le estaban helando. Y pensó entonces, sí, que las campanas ahora mudas de la iglesia tardarían en sonar. Se palpó la falda, ¡iba en combinación! Lejos de sentirse abrumada, pensó que la memoria se le iba deshaciendo como un azucarillo y sonrió a la noche y a la Luna. Al rato volvió a su casa andando como un chorlitejo chico, con pasitos cortos y saltarines. Acababa de cumplir los noventa.

Dormir, ese ejercicio.

A mamá le molestaban los brazos en la cama, no sabía qué hacer con ellos. Por su parte, Fefa, la mayor, se pasaba gimiendo y llorando todas las santas noches; la mucama decía que era porque había perdido un novio en la guerra de Cuba. Que recuerde, yo dormía como una bendita. En cuanto a la pequeña, no podía hacerlo sin su silla, de modo que cuando le daba el beso de buenas noches a mamá cogía su silla y se la llevaba al dormitorio y allí la colocaba junto a la almohada y, como dormía de medio lado, sacaba los brazos del embozo y los colocaba sobre la silla. Llegue a pensar que en mi familia el hecho de dormir era un ejercicio muy raro. La mucama, oriunda de Tetuán, tiznada de piel pero lista como un camello, opinó un día, limpiando las lentejas en la cocina, que «a la señora madre había que hacerla dormir con la pequeña, que se acostara de medio lado y que pasara su brazo por delante del pecho, y el otro lo dejara quieto sobre el colchón y que la niña, colocara los brazos sobre su señora madre y así se dejara de pamplinas, y la silla en el comedor». Finalmente, mirando por la ventana, sentenció: «A Fefa habría que buscarle un novio, peninsular o no, que había visto uno de Castillitos que tenía una tienda de alfombras que era bien plantao». La madre zanjó la cuestión con una mirada gélida que la mucama entendió al tiempo que musitaba algo en berebere. Afuera Ceuta era una perla envuelta en un mar azul.

Se la regaló.

Se había prejubilado. Hacía tiempo que le rondaba por la cabeza porque estaba harta, muy harta de este trabajo de mierda; si es que a este, no remunerado, se le podía llamar trabajo. No tenía horario fijo ni vacaciones ni compensación alguna. Tuvo que tomar muchas decisiones drásticas, romper con todos y con todo, pero no se arrepentía; algunas dolorosas, pero no se amedrentó. Estaba decidida. Y lo hizo. Por las mañanas, cuando iba a hacer los recados, siempre con la hora pegada al culo, se detenía, sin poder remediarlo, ante aquella luna y la miraba. La contemplaba con embeleso. Por fin aquel martes y trece entró decidida. Les dio su dirección y se marchó con el corazón bombeando que daba gusto. Aquella misma tarde se la llevaron y la instaló debajo de la higuera. Se sentó y suspiró. Y pudo contemplar los higos verdales desde abajo y así estuvo hasta la hora de cenar, mece que te mece. Se había quitado hasta el reloj. Y supo que era tarde porque la Luna creciente se había instalado en el jardín y porque oyó que alguien preparaba la comida. Suspiró y se balanceó despacio en aquella mecedora con rejillas. La Luna la miraba con envidia. A partir de ahora, huelga de brazos caídos definitiva y para siempre. Ni fregar ni guisar ni limpiar mocos ni culos… Se había prejubilado y con aquella mecedora se entronizaba en su nuevo reino. ¡Ahora sí que era la reina de su hogar!

Luz de gas.

En la mecedora, debajo de la higuera, contaba los higos. Este año la cosecha iba a ser de campeonato. Mientras me mecía hacia adelante y hacia atrás me descontaba y volvía a empezar. Me da lo mismo, no tengo nada que hacer; las lentejas las hice la víspera y la ensalada se refrescaba en la nevera. Hacía calor, un calor pegajoso de julio. Las abejas o las avispas, no las distingo, zumbaban sobre las flores de las lantanas, de diminutas flores amarillas y lilas que Margalida deshacía en sus pequeñas manos regordetas. La niña de los vecinos venía a la salida del colegio y se sentaba en los sillones rosa del salón porque le gustaban, así, rosas. Un mosquito me rozó la oreja y me sobresalté al oír el zumbido. Odiaba los mosquitos. Miré hacia arriba, porque el gato de los vecinos de enfrente se paseaba como Pedro por su casa sobre el tejadillo de… Me iba amodorrando con el balanceo, el calor, sudaba y rememoré, me acordé de la película que vi ayer por la noche, donde la Bergman tan guapa y… me di cuenta de repente, como un mazazo, de que Julián, mi Julián me estaba haciendo, también, luz de gas.