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62/ Modelo para armar. La novela «díscola» de Cortázar

Interior del restaurante «Polidor». París. Foto: Bárbara

Julio Cortázar afirmaba que la novela es un gran baúl, que hay novelas que son un poema y poemas que son novelas… Textualmente, sobre la novela en general, dijo: «Es la posibilidad de expresar una multitud de contenidos con una libertad enorme porque, en realidad, la novela no tiene leyes, como no sea la de impedir que actúe la ley de la gravedad y el libro se le caiga de las manos al lector».

62/ Modelo para armar no es una novela fácil. Muchas veces la crítica no ha tratado demasiado bien esta novela, pienso que debido a una falta de capacidad de discernimiento por parte de quienes no han sabido dónde y cómo encuadrarla. El «juego» utilizado en «62» nace del capitulo 62 de «Rayuela» -muy corto- y en dos textos titulados «La muñeca rota» y «Cristal con una rosa dentro» del libro «Último Round». Son las claves que el mismo Cortázar ha explicado cuantas veces se le ha preguntado sobre esta hija «díscola».

El proceso creador de Cortázar es, se podría decir, en el fondo surrealista en cuanto que es una no aceptación de la realidad que le rodea y una necesidad urgente, en un momento determinado de acceder a otra cosa, a otra dimensión. Todos sabemos la admiración de Cortázar por este movimiento, por lo fantástico, por los fenómenos parasicológicos, por lo lúdico, por las distintas dimensiones de la realidad.

El subtitulo «Modelo para armar» es ya toda una promesa. Es un puzzle en el que el lector puede disfrutar «armando» la realidad de los personajes que se desarrolla en distintas ciudades (Londres, París, Viena y Buenos Aires)  y donde ellos -los personajes- pasan del diálogo al monólogo sin despeinarse (es un decir). «62/ Modelo para armar» no es una novela fácil de leer, pero quien se adentre en sus páginas con espíritu y mente abiertos puede disfrutar enormemente a través de una lectura pausada y con los cinco sentidos alerta.

Todavía estoy por descubrir a alguien que hable de escritura cubista. ¿Por qué digo esto? En pintura hace décadas que aceptamos el cubismo como un movimiento sumamente interesante que mostraba a la vez los distintos planos de una misma realidad. Y costó, pues al principio parecía que aquello era una cosa rara y extravagante, siendo sin embargo algo estático frente a lo cual -la tela de un cuadro- uno podía estar tiempo escudriñando aquello a fin de encontrarle un sentido.  Desde hace muchos años me he preguntado, ¿será que en literatura no se ha producido esa cosa que llamamos cubismo? Yo, como soy muy atrevida y cortazariana, afirmo (también sin despeinarme) que Julio Cortázar es un escritor plenamente cubista -para mí- por los distintos planos, por las distintas dimensiones de la realidad que nos hace «ver» ya desde «Rayuela», pero de forma rotunda en «62». Quizás esta última novela desconcertara a los críticos literarios por ese carácter más novedoso y deslumbrante aún. Y también más excepcional.

Ya saben que la novela comienza así: » «Quisiera un castillo sangriento»,  había dicho el comensal gordo» («Je voudrais un château saignant»). Y la escena se desarrolla en el restaurante  el «Polidor».

¡La quimera olímpica volvió!

La quimera olímpica. foto: Aurelio serrano Ortiz

Volvió de Londres imperturbable. A las preguntas de las gárgolas y de otras quimeras dijo: «El Támesis, como río, no esta mal; ancho, caudaloso, navegable. Lo que resulta  evidente es que es feo, a simple vista gris. ¡Y por si fuera poco no habla francés!»

Medallas no trajo ninguna porque según dijo en el aeropuerto se la «birlaron». Y «que no había presentado denuncia alguna, porque se le escapaba el «vueling» de las tres p.m.». Las gárgolas, que son la monda, jocosas e irreverentes, lenguaraces y cotillas, no han tardado en hacer leña del árbol caído. A cada risotada de las gárgolas, un chorro de agua rebotaba sobre los viandantes; y retumban hasta el campanario; y en las galerías todo es jolgorio y cuchufletas. ¡La pobre anda cariacontecida con un rictus amargo en los labios aunque, como es muy bretona y orgullosa, ha vuelto a su esquina de siempre, como si no hubiese pasado nada, como si la cosa no fuera con ella. En el fondo ya está pensando en Río de Janeiro, en las caipiriñas y en el tanga con los colores de su país.

De paseo por el Louvre

 

 

Toro alado visto de frente. Foto: Aurelio Serrano Ortiz

Toro alado -visto de frente- que formó parte del palacio de  Khorsabad en Irak.  Museo del Louvre.

La Gárgola vigía

Gárgola. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

La gárgola vigila las aguas del Sena por si ve venir a la quimera olímpica. Desde que comenzaron los juegos, desapareció del mapa; se supone que está en Londres y digo que se supone, porque no ha dado señales de vida. La prensa deportiva tampoco ha reseñado una medalla olímpica ganada por Francia en salto de trampolín por nadie parecido a una de las quimeras que habitan las galerías de las torres de Notre Dame. Hercule Poirot se ha puesto en contacto con Sherlock Holmes; de momento Scotlan Yard se mantiene al margen.

¡A las Olimpiadas!

¡La quimera olímpica! Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

La quimera se prepara, abrazándose las piernas, para, con un perfecto «tirabuzón», lanzarse a las aguas del Sena. En la imagen observa con atención el tráfico fluvial, atenta esperando que pasen las barcazas y los bateaux-mouches ¡Ya solo quedan cinco días para las Olimpiadas de Londres! La quimera olímpica lleva años preparándose concienzudamente entre la incomprensión y el pitorreo de algunas de sus hermanas, como esa que, un poco más abajo, a la izquierda, se parte de risa.

«Las armas secretas» de Julio Cortázar.

Rue Monsieur le Prince. La calle más literaria de Cortázar. Foto : Bárbara.

Lo lúdico, el juego, forma parte fundamental del impulso creador de Julio Cortázar. Sin ese ejercicio, no se concibe al gran escritor. La descripción de personajes, situaciones o paisajes le debían provocar el aburrimiento más insoportable. Jamás «explica» cómo son sus personajes; son ellos los que nos hacen ver el relato; es a través de ellos que se desarrolla el relato corto o la novela. De esa manera tan prodigiosa la atmósfera es creada como lo haría un mago que va sacando de la chistera elementos sorprendentes sin que veamos el truco, la farsa, el juego. En la recopilación de cuentos «Las armas secretas», que tienen su desarrollo en París, nunca la ciudad es descrita, es un elemento más, el lugar físico, el escenario. En los recorridos de sus personajes por itinerarios parisinos, el lugar es el nombre de una calle, de una plaza, de un puente; los ancla allí, pero sin describir si la calle es corta o larga, si la plaza es fea o bonita… Es el discurso mental lo que articula cada uno de los componentes del cuento o de la novela, el bucle en el tiempo. Creo sinceramente que «el tiempo» es una constante en su obra de una forma muy precisa y urgente, como en «El perseguidor», donde Johnny se angustia -«esto ya lo toqué mañana»-, porque cuando Johnny toca está en otro plano. El tiempo y el espacio. Y el «ser»,  que es capaz de experimentar situaciones paranormales, que es capaz de entrever por algunos instantes otra dimensión. Hablar de Cortázar como un escritor metafísico -con lo que rechina eso- no es decir nada. ¿Qué demonios quiere decir? Las etiquetas son inútiles, no sirven para nada; pero está claro que, al margen del surrealismo o de cualquier -ismo, hay en el Maestro un gran interés por escudriñar, en lo posible, otras dimensiones de las que solamente se puede atisbar algo, si uno está en buena disposición. «Las armas secretas» es un conjunto de cuentos o de relatos breves -lo mismo da- que incluye «Cartas de mamá», «Los buenos servicios», «Las babas del diablo», «El perseguidor» y «Las armas secretas» que da titulo al libro. «Las babas del diablo» tengo entendido que inspiró la película de culto de los años sesenta «Blow up». Recientemente «El perseguidor» se ha publicado de forma independiente como novela corta. El libro es un conjunto imprescindible para conocer a Julio Cortázar. Los que hayan seguido el blog saben que soy cortazariana hasta la médula, que sus libros son una gran inspiración para mi, de modo que se lo recomiendo para que pasen un buen verano.

Julio Cortázar: «Las armas secretas». Ed. Planeta, colección Aula. Biblioteca del Estudiante. Barcelona 1984.

Les Deux Magots

Café «Les Deux Magots». Saint Germain. Foto: Bárbara.

Frente a la iglesia de Saint Germain el café «Les deux Magots», con su terraza llena de veladores, propicia bajo un sol primaveral un delicioso desayuno. Un camarero especialmente simpático contribuye a que todo sea más placentero. El día comienza perezoso a desgranar las horas sin premura. Los gorriones. acostumbrados a los cruasanes, no se apresuran. Los turistas esperan para entrar en la Iglesia; un mendigo con su perro se ampara en la sombra. El periódico sobre el velador repliega las noticias y dentro los dos Magots -figuras orientales- subidos, sentados sobre sus atalayas administran el tiempo silencioso.

Baudelaire el doble de Poe. El Cuervo.

El cuervo. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

Un cuervo ronda por el cementerio de Montparnasse.  Lo he visto con «aires de gran señor» planear sobre las tumbas. Y suele hacerlo con un «swing» muy especial, con un  suave batir de alas; con el «swing» de pájaro que se sabe de mal agüero viniendo a demostrar, con un posado altanero, que le trae sin cuidado las calificaciones ajenas. Por las mañanas, lo he visto rondar por la tumba de Carol Dunlop y de Cortázar insistiendo en un recorrido reiterado día tras día, desde la tumba de Baudelaire. Pensé que este cuervo podría ser el doble del de Poe, «ese pájaro tan desgarbado», y mientras lo observaba recordé que Baudelaire era el doble de Poe, su asombroso parecido físico -a excepción del bigote-, que los dos tienen los ojos asimétricos, uno más alto que otro, y era como estar oyendo al maestro Cortázar añadir: «Pero yo creo -y muy seriamente lo repito- que Poe y Baudelaire eran un mismo escritor desdoblado en dos personas». El cuervo, doble del de Poe -por qué no-, sigue posado. «Aún sigue posado… Y sus ojos tienen la apariencia/de los de un demonio que está soñando», dijo Poe. El cuervo sigue ahí, como un velero negro, varado entre las tumbas.

El cuervo. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

62 Modelo para Armar, la tercera novela de Cortázar

Interior del restaurante el «Polidor». Foto: Bárbara Carpi.

«62 Modelo para Armar», tercera novela de Julio Cortázar, arranca en el «Polidor», un restaurante alsaciano ubicado en la rue Monsieur le Prince. Para situarnos mejor, esta  larga calle está el lado del famoso teatro Odeón d0nde, aparte de ser escenario de grandes representaciones, fue testigo de las asambleas y encierros del mayo del 68. En la rue Monsieur le Prince, en la actualidad, podemos encontrar el  restaurante japonés más barato de todo París, un restaurante indú, uno marroquí (excelente) y el «Polidor» de siempre, de rotunda comida casera alsaciana. El restaurante, para aquellos que conozcan la novela, está como debía estar entonces: las mesas populares con sus manteles típicos de cuadros, los espejos, el viejo reloj de pared, el aguardiente de cerezas… En un día cualquiera, es recomendable, si se quiere encontrar mesa (que a lo mejor debe compartir), acudir no más tarde de las dos. El ambiente es agradable y familiar.

En la novela el protagonista acaba de comprar un libro -que bien pudo ser en la misma calle, pues existen varias librerías en ella-, libro que probablemente no va ha leer, acaba de pedir una botella de Sylvaner sin saber muy bien porqué y acaba de oír: «Je voudrais un château saignant, había dicho el comensal gordo…».

La fuente de los Medici en el jardín de Luxemburgo

Fuente de Margarita de Medici- Jardín de Luxemburgo. Foto Bárbara.

Antes del cambio climático, el verano en París era una delicia; y no es que ahora no lo sea, la diferencia estriba en el atuendo y en los grados. Me explico: por las mañanas, tras un potente desayuno a base fundamentalmente de pan con mantequilla y litros de café que nos preparaban las monjitas de Foyer Notre Dame, salía una a la calle con su rebequita de punto por los hombros y una  fresca brisa acompañaba el paseo hacia la Sorbona o a hacer pellas en el Luxembourgo. Yo, por otra parte, no hacía ni lo uno ni lo otro, ni me había apuntado a ningún curso de verano para extranjeros ni, por consiguiente, podía hacer pellas. Lo mío era otra cosa, lo mío era ser una flâneuse (ya saben, paseante sin rumbo por la ciudad). Bueno, a lo que iba, con la brisa mañanera pasear era el mejor de los oficios. ¡Todo París y todo el día por delante! A mediodía la rebequita fina de punto terminaba en la capaza ibicenca, mientras tomaba el sol en las Tullerías o en la plaza de los Vosgos. La hora de comer me podía encontrar en cualquier parte; a veces comía en un autoservicio en Cluny muy barato o, si estaba en el Marais, una baguette de atún estupenda: pero si estaba rondando por Saint Michel, ya procuraba conprarme una de jamón o un kebab con pan de pita y salsa de yogur por el lateral de la iglesia de San Severin. Entonces, con la comida y la rebequita de punto en la capaza subía por el Boulever Saint Michel hasta llegar a la Place Rostand. Allí las verjas del Luxemburgo abiertas de par en par me dejaban pasar con connivencia hacia el paseo que conduce al estanque; como el tiempo era tan bueno y no hacía calor, sino que en pleno verano el tiempo era primaveral, se podía comer perfectamente en una de esas sillitas verdes de hierro a pleno sol, dando de comer a los gorriones o a las palomas (estas son más lentas y, cuando llegan los gorriones, se lo han comido todo). Las mejores siestas las he dormido en el Luxemburgo bajo sus frondosos árboles, sobre el césped verdemente esponjoso; sacaba la rebequita de la capaza ibicenca y a modo de almohada  me dejaba ir en brazos de Morfeo.

Ahora lo que sucede es que en el mes de las flores, mayo, ni se te ocurra ir con rabequita; de primavera nada y, si pretende una pasar el rato de la siesta, tiene que buscar con desesperación el único lugar fresco de todo el jardín: la fuente de los Medici. Hay que reconocer el mérito a los jardineros que han diseñado este espacio umbrío, dulce y acogedor donde al frescor vegetal se une el murmullo del agua de la fuente. Pero hay que matar por una silla, por la parcelita que ocupa la silla, porque detrás de cada una se prolonga una fila de aspirantes descorazonadora. Recomiendo París en otoño o mejor en invierno, donde todavía París es lo que era.

Fuente de Margarita de Medici (fragmento). Foto Aurelio Serrano Ortiz.