
Foto Paris.
TUS PASOS
Distantes los escucho,
los recolecto y guardo,
indiferente o casi
bajo la boina gris.
Me voy
y el aire
y la carne…
Del libro «Poemas de Nina» de Bárbara G. Carpi.

Foto Paris.
TUS PASOS
Distantes los escucho,
los recolecto y guardo,
indiferente o casi
bajo la boina gris.
Me voy
y el aire
y la carne…
Del libro «Poemas de Nina» de Bárbara G. Carpi.

En la tumbona rodeada de plantas, que la luz de la tarde dora, he vuelto a abrir el libro de Arthur Rimbaud que contiene «Una temporada en el infierno» e «Iluminaciones». Su poesía que tanto ha influido en los poetas que vinieron después sigue siendo imprescindible. En «iluminaciones» hay un poema que me hace soñar con el mar, esa «Marina» es un poema brillante y luminoso, al que me gusta volver. La sabia madurez del joven poeta es sorprendente y casi inconcebible. Su poesía es angelical y demoniaca: visionaria.


Sé que no son calas, pero deben ser primas hermanas; la blanca es un estatifilo que también se conoce como lirio de la Paz o cuna de Moisés, por imaginación que no quede; de la primera no tengo ni idea. Ir al vivero se está convirtiendo en una obsesión. Me gustan las dos versiones; quizás las rojas un poco más por la fuerza del color y la textura como de cera; de tan bonitas parecen «contrahechas» que es una expresión que me hizo mucha gracia cuando la oí por primera vez.



Al mundo vegetal se lo debemos casi todo, cobijo, sombra, alimento. Y la contemplación de formas, colores, texturas que la naturaleza nos proporciona. Sin olvidar los sabores, olores, perfumes que hacen de nuestra vida algo realmente hermoso. La belleza está presente en todo lo que dicho mundo nos ofrece día a día.


Las flores del paraguayo, blancas al principio, se tornan de un bonito color rosa. Al poco de ser trasplantado, comenzó a coger carrerillas y da gusto ver como las ramas se llenan de hojas. La lluvia intermitente de estos últimos días le ha venido muy bien. Y, como dirían en el País Vasco, «qué arretxo está».


Color nuevo de hojas nuevas. El rosal común crece que te crece, como debe ser y yo a la espera de las primeras rosas rojas.

La hiedra que cubre y tapiza muros, aquí la pillé aislada y bañada por el sol. La paciencia, a veces, tiene su recompensa.




Tras la oportuna poda surgen los primeros brotes de las moreras. Cada año es igual y cada año acecho con ilusión la llegada de esos primeros brotes. El contacto con la naturaleza, poder observar el ciclo de la vida y cómo esta se renueva, es un espectáculo que no se nos puede hurtar a nadie. Pienso en los niños de las ciudades que, por ejemplo, no saben lo que es un polluelo y que el pollo es eso que viene en bandejas ni conocen lo más elemental de la madre naturaleza. Es una pena, porque conocer es amar y respetar.

Las flores del durazno o paraguayo son blancas al principio y se vuelven de un color rosa intenso. Así de bonitas son ahora. Procede de China y es una mutación del melocotonero y, como él, tiene una exigencias del suelo y de cultivo similares al melocotonero y la nectarina. En la península ibérica solo se produce en Murcia y en Aragón. Su piel es aterciopelada, como la del melocotón siendo de menor tamaño y su sabor es más dulce. Existen diversas variedades, de pulpa blanca y de pulpa amarilla. Los frutos los encontramos en los mercados desde finales de mayo hasta septiembre.

Ahora, los limones de cerca se ven mejor; todavía son pequeños, pero se diría que crecen día a día y esa celeridad me asombra y me alegra la mañana. Pensé, dentro de mi ignorancia, que serían, desde el principio, como botones pequeñitos amarillos, pero no imaginé que tendrían ese color morado. Y es curioso porque, mi asombro, es nuevo y eso que me crie en Santa Bárbara en un jardín lleno de árboles frutales, de ciruelos, de manzanos; en un jardín que se abría el puerto de Ciutadella… Y sin embargo ahora, es como si hubiese sido una niña de ciudad. Dicen que la memoria es selectiva, pues debe ser eso o que en aquel jardín no habría limoneros… porque recuerdo muy bien aquel estanque y los patos y aquella buganvilla y aquel banco de azulejos… Menorca en el corazón.