Francisco Torres Monreal, catedrático de francés de la Universidad de Murcia, traductor, dramaturgo, crítico de reconocido prestigio internacional y voz autorizada como conocedor de las últimas tendencias teatrales, es el autor de «Baudelaire Maldito y otras obras». Me ceñiré a «Baudelaire maldito» y quiero reproducir lo que se recoge en la contraportada del libro sobre esta obra de teatro:
«Obra ideológica y estéticamente extraordinaria que merece los honores de un montaje digno» (A. González Vergel, director). » Qué magnífico espectáculo este texto» (L. Kemp, director y actor). «Su lectura me ha dejado literalmente fascinado» (F. Aguinaga, director). «Bellísimamente escrita… la obra posee una rara y atractiva mezcla de teatro ritual y teatro documento» (A. Miralles).
La introducción, por parte de Fernando Cantalapiedra, es una inteligente y clara disección y análisis de la obra, que plantea un reto ambicioso y difícil como es hacer una biografía teatral. Cantalapiedra opina, con sobrada razón, que supone una aventura quijotesca llevarla a cabo en nuestro tiempo; y más si se realiza a través del lenguaje poético. Solo una persona con el bagaje escénico, el conocimiento de las vanguardias teatrales, como es el caso, podía llevar a buen término un desafío de tal magnitud. Sé que para muchos leer teatro no es tarea fácil, aunque personalmente considero que es apasionante, siempre que el autor sea capaz de llevarnos hasta la magia del teatro, que sea capar de subirnos a una nube o ver el mar, «entre la negritud y el azul, evocando el cementerio marino de Paul Valéry», dice Cantalapiedra. Las acotaciones que nos hace el autor, acotaciones literarias como hacía Valle-Inclán, nos sumergen en el ambiente de forma tan intensa que nos lleva al escenario de la mano (magníficamente descrito e inscrito en los poemas de Baudelaire).
«Baudelaire maldito» está formado por veintitrés cuadros, cada uno de ellos con su propio título, como en un libro, otra novedad que introduce Francisco Torres Monreal. La obra es un recorrido apasionante por la vida atormentada del autor de «Las flores del mal». Vivimos el juicio inquisitorial a Baudelaire, sus amores, las tertulias con sus amigos, su relación amor-odio con su madre, su soledad y su muerte. Mas sobre todo sobrevuela la personalidad, el pensamiento del poeta maldito, el mundo libertario frente a la sociedad conservadora, la nueva estética del momento: Manet, Zola, Flaubert… y Wagner… «Tanhausser»; los grandes renovadores de la escenografía teatral, con Appia y Gordon Graig a la cabeza, admiraban profundamente a Wagner. La obra del alemán está presente como leit motif en los momentos más intensos, en la muerte del poeta. La percusión es otro elemento que utiliza Torres Monreal, así como las proyecciones y las técnicas cinematográficas en la iglesia de Namur, por ejemplo.
Este es un pobre y sucinto comentario de una obra grande, sorprendente, con una escenografía ritual, primitiva, ancestral que nos conmueve y estremece… Y a la vez el compendio de un saber enciclopédico.

Solo una cosa añadiría, Bárbara, a tu comentario sobre Francisco Torres Monreal y es lo que ha ayudado a descubrir a Fernando Arrabal -a quien, incomprensiblemente para mí, aún no se le ha concedido el premio Nobel- en esta España que durante tantos años lo ha demonizado, con su tesis doctoral -becada por la Fundación Juan March-, sus introducciones y notas a tantas de sus obras, sus estudios sobre el teatro pánico… Y pienso ahora, por ejemplo, en «El entierro de la sardina», «La piedra de la locura» o «La piedra iluminada» que me enriquecen cada vez que las vuelvo a leer.
¡Ah! Y nunca olvidaré aquella noche que nos regaló Paco compartiendo vivencias, sensaciones, ideas… con él. Fue todo un privilegio.
El profesor Torres Monreal es generoso. Y a él le debemos momentos impagables, existencialmente bellos, irrepetibles. Él es un ser completo, lleno de luz; de poca gente se puede decir lo mismo. Me siento orgullosa de contar con su amistad. Y estoy segura que a ti te pasa lo mismo.