Antes del cambio climático, el verano en París era una delicia; y no es que ahora no lo sea, la diferencia estriba en el atuendo y en los grados. Me explico: por las mañanas, tras un potente desayuno a base fundamentalmente de pan con mantequilla y litros de café que nos preparaban las monjitas de Foyer Notre Dame, salía una a la calle con su rebequita de punto por los hombros y una fresca brisa acompañaba el paseo hacia la Sorbona o a hacer pellas en el Luxembourgo. Yo, por otra parte, no hacía ni lo uno ni lo otro, ni me había apuntado a ningún curso de verano para extranjeros ni, por consiguiente, podía hacer pellas. Lo mío era otra cosa, lo mío era ser una flâneuse (ya saben, paseante sin rumbo por la ciudad). Bueno, a lo que iba, con la brisa mañanera pasear era el mejor de los oficios. ¡Todo París y todo el día por delante! A mediodía la rebequita fina de punto terminaba en la capaza ibicenca, mientras tomaba el sol en las Tullerías o en la plaza de los Vosgos. La hora de comer me podía encontrar en cualquier parte; a veces comía en un autoservicio en Cluny muy barato o, si estaba en el Marais, una baguette de atún estupenda: pero si estaba rondando por Saint Michel, ya procuraba conprarme una de jamón o un kebab con pan de pita y salsa de yogur por el lateral de la iglesia de San Severin. Entonces, con la comida y la rebequita de punto en la capaza subía por el Boulever Saint Michel hasta llegar a la Place Rostand. Allí las verjas del Luxemburgo abiertas de par en par me dejaban pasar con connivencia hacia el paseo que conduce al estanque; como el tiempo era tan bueno y no hacía calor, sino que en pleno verano el tiempo era primaveral, se podía comer perfectamente en una de esas sillitas verdes de hierro a pleno sol, dando de comer a los gorriones o a las palomas (estas son más lentas y, cuando llegan los gorriones, se lo han comido todo). Las mejores siestas las he dormido en el Luxemburgo bajo sus frondosos árboles, sobre el césped verdemente esponjoso; sacaba la rebequita de la capaza ibicenca y a modo de almohada me dejaba ir en brazos de Morfeo.
Ahora lo que sucede es que en el mes de las flores, mayo, ni se te ocurra ir con rabequita; de primavera nada y, si pretende una pasar el rato de la siesta, tiene que buscar con desesperación el único lugar fresco de todo el jardín: la fuente de los Medici. Hay que reconocer el mérito a los jardineros que han diseñado este espacio umbrío, dulce y acogedor donde al frescor vegetal se une el murmullo del agua de la fuente. Pero hay que matar por una silla, por la parcelita que ocupa la silla, porque detrás de cada una se prolonga una fila de aspirantes descorazonadora. Recomiendo París en otoño o mejor en invierno, donde todavía París es lo que era.


Gracias por las fotos y tu maravilloso texto. Cierro los ojos y me siento transportado al escenario que describes. ¡Cómo me gustaría visitar París con los míos! Soñar es gratis y libre (¡al menos de momento!) por lo que no renuncio a hacerlo algún día.
Gracias a ti Joaquín. ¡Pues hazlo cuanto antes porque París crea adicción y siempre se siente la necesidad de volver, Y hay tanto que ver y disfrutar!
Hay que ver lo que luce la estirga con las fotos del último viaje. Es lo que tiene ser paseantes de las dos riberas y buenos fotógrafos.
¡Qué majo eres! Pues hacemos lo que podemos y la canon también ayuda lo suyo.
Con canon o sin canon,con rebeca o sin rebeca ,en las 4 estaciones Paris no tiene desperdicio.Se nota que me gusta a rabiar,¿verdad?
Lo tuyo es pasión como lo mío; no se puede evitar. Estuvimos también en «El Procope» y como son tan amables nos dejaron hacer fotos en el interior y, oh maravilla, antes de que entrara nadie. Ya verás las fotos con el texto de Voltaire. Te lo mereces todo, como pasionaria parisina,
La pasionaria parisina sería también un gran nombre para un blog, ¿no os parece?