Fue el 26 de abril de 1937; me imagino las campas verdes, de ese verde fresco, vivo y brillante del Norte bajo un cielo azul limpio de nubes; fue a media tarde cuando los bombarderos Heinkel y Junker 52, componentes de la Legión Cóndor, sobrevolaron el pueblo en sucesivas oleadas arrasando y devastando Gernika. Solo quedaron dos edificios en pie. Han pasado 75 años y aún quedan sin respuestas muchas preguntas en el aire a pesar de las múltiples investigaciones de historiadores de digamos distinto signo e independientes a salvo de juicios sesgados o interesados. Desde la ignominia que significó el que se acusara al mismo pueblo vasco de incendiar el pueblo, hasta que había sido un error táctico de las fuerzas alemanas, nada explica ese genocidio de un pueblo indefenso. He tenido la suerte de vivir en Bizkaia, de conocer a los vascos y sé lo solidarios que son; que son rectos, bravos y sinceros; que no se merecen el terror en que han estado viviendo. Ahora Euskadi se merece la paz y la concordia, pero no se pueden permitir el olvido, ninguno de nosotros si somos gente de bien. No hay que olvidar Gernika, que tuvo el doloroso «privilegio» de ser la primera villa europea devastada por las bombas. Hay un dato que dice mucho de la sociedad vasca, de la forma en que se vertebra, de la forma en que se organiza; en el pueblo se habían construido siete refugios públicos que, junto al sistema de alarma, permitió que el número de bajas no fuera mayor, 153 dicen que fue el total de un censo de 6000, sin contar los heridos; aunque en el baile de cifras -se habla de mil muertos- tuvo mucho que ver la propaganda. Sea como sea lo dantesco es el hecho de que los aviones en vuelo rasante dispararan además sobre hombres, mujeres y niños indefensos. El tipo de bombas utilizado provocó el incendio total. ¿Fue Gernika un experimento nazi? ¿El ensayo de bombardeos posteriores en las distintas ciudades europeas? Tenemos memoria, todos somos la memoria de Gernika; también de los sucesos ocurridos en Gasteiz. Por todo aquello que ocurrió, Lluis Llac pone su portentosa voz al servicio de la verdad.
