


¡Como pintora no debería decirlo (pienso en Rotko, al que admiro), que no se me entienda mal, pero como fotógrafa aficionada debo reconocer que la mejor paleta corresponde a la naturaleza!



¡Como pintora no debería decirlo (pienso en Rotko, al que admiro), que no se me entienda mal, pero como fotógrafa aficionada debo reconocer que la mejor paleta corresponde a la naturaleza!









Las fotografías no son mías.
Este palacio es obra de un solo hombre, Ferdinand Cheval, un cartero rural que tardó más de treinta años en construirlo. Esta obra fantástica construida en piedra fue admirada por los surrealistas con André Breton a la cabeza. Inclasificable en cualquiera corriente artística, fue nombrada, no obstante, por André Malreaux como Monumento Histórico en 1969. Bretón Le dedicó un poema llamado «Le Revolver á cheveux blancs» y por su parte Max Ernst realizó una obra en homenaje a Ferdinand Cheval que se encuentra en la fundación Guggenheim en Venecia. Para Breton fue un precursor de la arquitectura surrealista y para Malreaux fue un ejemplo de arquitectura naïf y así clasificado por el ministro, en contra de la opinión de la mayoría de los funcionarios del Ministerio de Cultura. Picasso, Tinguely, Niky de Saint Phalle entre otros muchos artistas, mostraron su admiración por la obra de Cheval. El palacio se encuentra en Hauterives (Drôme). Ferdinand Cheval, nacido en 1836 en un pueblecito cercano a Hauterives, en el seno de una familia muy pobre. tenía 43 años cuando comenzó su obra. En la actualidad está abierta al público, 8 rue du Palais 26390C Hauterives. Cheval, próximo a Gaudí en su delirio barroco, se acerca también a Dalí en su decoración extravagante. Sin duda pudo llevar a cabo la realización de un sueño.










Salvo tres edificios, el Palacio Episcopal de Astorga, La Casa Botines en León y la Villa Máximo Diaz de Quijano en Comillas, más conocida como El capricho, el resto de la obra de Gaudí se encuentran en Cataluña. El indiano que mandó construir esta última obra, Máximo Diaz, concuñado del marqués de Comillas, encomendó la obra a un joven Gaudí de treinta y un año. Por entonces Comillas era lugar de veraneo de los Reyes y de la aristocracia. Fue Eusebio Güell, mecenas de Gaudí, el que puso en contacto al indiano con el arquitecto. Basado en los planos y las maquetas de Gaudí, fue Cristóbal Cascante el que dirigió la obra ya que entonces él estaba trabajando en la Casa Vicens. El gusto barroco de ambas es evidente, incluso comparten colores. El pobre indiano solo pudo disfrutar de su flamante casa una semana pues falleció a su regreso. Después la casa pasó por diversas manos, siendo incluso un restaurante, hasta que fue abandonada tras la Guerra Civil. En 2010 fue convertida en museo. El exterior del edificio se compone de sillares de piedra en la parte baja y ladrillo vista y cerámica vidriada en el resto. Alterna tonos rojos y verdes con motivos de girasoles. Las ventanas de guillotina de la planta principal del edificio emiten un sonido producido por las campanas que se usan como contrapesos (son unas barras de hierro que suenas al abrirse y cerrarse las ventanas). La torre del edificio está inspirada en los alminares persas erigidas sobre un templete formado por cuatro columnas de piedra. La casa cuenta con tres plantas: semisótano, planta principal y planta superior. Todas las salas de la planta principal se distribuyen alrededor de lo que es el corazón de la casa: el invernadero, que Gaudí consiguió que fuera el regulador térmico para toda la casa; el invernadero acumulaba el calor que se distribuía por toda ella. La idea es genial. En la primera foto, se puede apreciar como la forja de las rejas tienen forma y funcionalidad de asiento. Una obra que tiene mucho que ver con la Casa Vicens y que fue realizada entre 1883 y 1885.
Debo decir que las fotos no son mías.


Que el tiempo está loco, lo sufrimos todos los días; para los alérgicos esto es una locura. Y así, entre estornudo y estornudo añoro el verano. De él me fascinan sus colores, que no sus calores. dicho sea de paso; no obstante, me declaro más partidaria del otoño e incluso del invierno, que del verano en estas tierras moriscas del levante español.

Receta y foto Bárbara.
Si yo fuera china no sé si me gustaría tanto el arroz como a ellos o más; en todas sus variantes, seco o caldoso me encanta, comería arroz todos los días. Este arroz tiene dos ingredientes que le dan un plus, el pulpo y el salmón. Y como no tuve una buena experiencia con un pulpo que me salpicó agua caliente en la cara, pues lo compro ya hervido. El salmón, por su parte, al ser un pescado graso, aporta esa grasa tan saludable al arroz que queda meloso y muy rico. Lo hacemos con un buen caldo de pescado, fundamental, y un sofrito de cebolla y tomate, con dos dientes de ajo como siempre. Con la precaución de poner el salmón casi al final para que no salga seco. No tiene ningún secreto y sale muy, muy bueno.

El brillo natural de la fruta me gusta tanto fotografiarlo como pintarlo. Perseguir ese efecto, desde que existe la fotografía, se volvió inútil. Liberada la pintura, cada cual lo hace como quiere.








Gaudí, Casa Vicens.
La Casa Vicens (1883-1885) fue la primera obra de Gaudí en Barcelona. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2005 se encuentra en el barrio de Gracia. La casa, cubierta de baldosas blancas y verdes, tiene un marcado aire oriental y mudéjar. El señor Manel Vicens i Montaner, corredor de cambio y bolsa, se la encargó a un joven Gaudí, dándole total libertad para su creación. De inspiración india y japonesa, provocó un gran entusiasmo entre la élites de la época; esta casa es el punto de partida de la trayectoria artística de Gaudí y en ella se ven reflejados los elementos de la naturaleza con los que contará siempre, como, en este caso, la hoja de palmito y las flores del clavel del moro como elementos decorativos de las baldosas, Otro elemento a destacar, aparte de la forja, es el tratamiento de los ángulos del edificio, que escalona para romper la monotonía clásica. En este edificio, creado como casa de veraneo, prolonga los elementos decorativos de la naturaleza, desde el exterior hasta el interior, lo que hace que haya una continuidad decorativa. Personalmente, es la única obra de Gaudí que no me gusta; la encuentro muy abigarrada, excesiva en la decoración ya que, para mi gusto, mezcla demasiados elementos decorativos diferentes. La veo como la paleta de un pintor donde se mezclan los colores, lugar donde experimentar, donde pudo experimentar a su gusto.

En el risco, Lobo Lunar, esperaba expectante; miraba hacia el cielo, eran ya las 14,54 del 25 de enero. La luna envuelta en la niebla se dejó ver; era una luna llena preciosa. Lobo Lunar esperó aún más. Sabía que hasta las 18,54 no se vería en todo su esplendor, con total nitidez. Oyó a lo lejos a la manada que no hibernaba; los lobos no lo hacen como otros animales lo hacían, de modo que campaban a sus anchas, no temían a ningún otro animal en esta estación fría. Lobo Lunar, viejo ya, se había separado hacía tiempo de la manada y vivía en soledad, apartado de todos sus congéneres. Los lobos, pensó, no aullamos solo de hambre, aullamos a la luna y esta era su luna, la Luna del Lobo, la de enero, la primera del año; también le llamaban Luna Fría, Luna del Hielo o Luna de la caza del Oso. Pero para mí esta luna es la del Lobo, la mía, la mía por excelencia. Y a las 18,54 en punto le aulló con todas sus ganas, con todas sus fuerzas por algo era la Luna del Lobo.


El olor de las hojas de la higuera a mucha gente le desagrada; este no es mi caso. A mí de la higuera me gusta todo, hasta el olor. Y cuando en verano podemos disfrutar de la dulzura de los higos, cogiéndolos directamente del árbol, entonces me siento como el emperador Augusto, con la salvedad de que no habrá ninguna Livia que los envenene.

La galardonada escritora húngara Agota Kristof es la autora de esta trilogía que, bajo el nombre de estos dos hermanos, abarca «El gran cuaderno», «La prueba» y «La tercera mentira». Reeditada por Libros del Asteroide en 2019, este clásico moderno recibió el galardón Alberto Moravia en Italia, el premio Gottfried Keller y el Friedriech Schiller en Suiza y el premio austríaco de Literatura Europea. Esta magnífica trilogía, cuyos protagonistas, los hermanos Claus y Lucas, envueltos en una guerra, una cualquiera, nos muestran sin tapujos, con un lenguaje minimalista, exento de florituras, la crueldad y la sinrazón. Ese lenguaje directo, sin concesiones, atrapa al lector desde el principio y nos muestra, desde la sicología de unos niños que luchan por sobrevivir, la lógica más aplastante, chocante y que lleva a la reflexión sobre la sociedad y sus convencionalismos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo un libro como este, duro, inteligente y que no puedes abandonar. La picaresca de los personajes se instala en sus páginas para mostrar la condición humana, la miseria moral, la sinrazón de cualquier enfrentamiento armado. Dentro de la historia hay otras historias, unos personajes que son otros, nada es lo que parece, es lo que yo calificaría de escritura «cubista», plagada de planos, ángulos diferentes que sin embargo muestran el todo de una historia apasionante. Recomiendo la lectura de esta trilogía maravillosa, que no deja indiferente a nadie.
La escritora, que murió en 2011 en Suiza, ha escrito además teatro, la novela «Ayer» y el relato autobiográfico «La analfabeta».