
Lobo Lunar, cuando no estaba aullando a la Luna, dormitaba en la lobera. Pero aquel final del mes de marzo algo inconfundible vino a turbar la paz de aquellos riscos y la piel se le erizó bajo el abundante pelo gris canoso. Con las garras se aferró a la roca, alzó la cabeza y, después de observar el valle, comenzó a oír un estruendo que le heló la sangre. Cientos de tambores retumbaban por el valle y un color de sangre vestían los antes labriegos con ropas que escondían los pies que arrastraban cadenas. Por encima de las cabezas, unos gorros altos, largos y puntiagudos que, también, ocultaban el pelo y la cara toda. Lobo se estremeció mientras el ruido crecía y crecía como una ola y echó a correr con el rabo entre las patas buscando cobijo en la lobera. Mientras mascullaba: «mierda, mierda, todos los años lo mismo».















