La Estirga y los Juegos Olímpicos.

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Fotografía de Brasaïs.

La Estirga me espera, lo sé. Le he mandado una carta al jorobado para que se la lea una noche de estas. Le digo que no puedo ir, aunque me quedo con las ganas, pero que he visto por la televisión los barcos deslizarse por el Sena. El espectáculo era fascinante y el entusiasmo de los participantes contagioso. Pero lo más era el espíritu de hermandad de los distintos pueblos. Le digo que «me imagino que nadie como tú, desde esa atalaya privilegiada de Notre Dame, habrá visto ese desfile fluvial lleno de calor. Y el color propagarse, ondear por la suave brisa de las diversas banderas de todos los continentes, mientras oías la música volar por encima y por debajo de los puentes desde el de Austerlitz repujado en dorado. Le digo también «que me hubiera gustado tanto sentir la lluvia en la cara mientras acaricio tu lomo de piedra sin pulir, al tiempo que contemplamos, las dos, el galope de ese caballo metálico que flota sobre el agua como fuera del tiempo, ingrávido. Desde el parvis, vemos como las luces incendian el recorrido del Sena hasta el Trocadero. Y la Tour barriendo con haces de luz el cielo de París, mientras una voz prodigiosa hacía que la Piaf, el gorrioncillo, estuviera presente. Ella no podía faltar; tampoco esa lluvia tan parisina. Ni siquiera faltó que sonaran las campanas de Notre Dame, como cierre de esa noche llena de embrujo y que sonaran a rebato para anunciar que la restauración va viento en popa y que el ocho de diciembre de este año, Notre Dame volverá a lucir como la joya que es.

Crassula Ovata.

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Esta planta suculenta necesita un buen drenaje y sol o buena iluminación, puede vivir en exterior e incluso en interior sin ningún problema. El mejor abono será el de los cactus. En verano basta con regarla una vez a la semana y en invierno apenas agua. Florece en primavera con flores blancas diminutas en ramilletes. Las hojas parecen orejas de conejo. De crassula existen ciento diez tipos. Se puede reproducir por esquejes, semillas e incluso con una de sus hojas.

Caravaggio, «Santa Catalina de Alejandría».

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Caravaggio, «Santa Catalina de Alejandría». Óleo sobre lienzo, 173 x 133 cm. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid.

Fue pintado en 1597 y es una de las cuatro obras seguras que se conservan en España. Estaba colgado en el Palacio Barberini de Roma. En 1930 el gobierno de Mussolini autorizó la exportación de varias obras de este palacio que pasaron a una galería de arte suiza siendo adquirida poco después por la familia Thyssen que la incluyó en el museo de Madrid en 1992. El mecenas del pintor, el cardenal Francesco Maria del Monte apreciaba esta obra de manera muy especial. Su estado de conservación es muy bueno en general y fue sometido a una limpieza de barnices en 2018. En el cuadro la santa está rodeada de los objetos con que fue torturada como la rueda de puntas aceradas y la espada con la que fue decapitada. La santa representa la belleza natural y serena de una joven del pueblo igual que hiciera Andrea del Sarto con sus madonas. Esta obra fue el preludio de las que siguieron para las iglesias romanas. Destacaría el bello colorido de la falda así como los pliegues de la blusa y el halo que circunda su cabeza señal de la santidad. La identidad de la modelo corresponde a la de Fillide Melandroni, cortesana que frecuentó el círculo de Caravaggio.

«La locura» de la Fontana de Trevi.

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Sin duda el lugar más visitado de Roma es la Fontana de Trevi; tanto es así que, como mucho, la podréis ver de perfil a no ser que paséis la noche al fresco o, como dicen los franceses, «a la belle étoile» cogiendo sitio. Yo la he «visto» a medias dos veces y ninguna de frente, pues un ejército de turistas bien pertrechados y alertados toman posiciones bien temprano. Lo mejor es volver a ver la película donde Anita Ekberg y Marcello Mastroianni juguetean en la fuente. Al final la culpa la tiene el cine, porque somos «animalicos» cinéfilos y románticos a más no poder.

Portulacaria.

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La portulacaria, de la familia de las portulacas, son unas plantas cuya floración me apasiona. Las flores se abren con la luz del día y se cierran por la noche de forma definitiva, es decir son flores de un solo día. En la misma planta se dan de distintos colores, lilas, naranjas, amarillas… y brotan de dos en dos en la misma rama; como no soy botánica no sé explicarlo mejor, pero creo que en la cuarta foto se ve muy bien esos dos botones que al día siguiente se abrirán; sus flores son tan delicadas que parecen de papel. Todos los veranos me gusta tener una en el jardín, lo malo es que son anuales y la suerte es que tenemos viveros donde comprarlas.

Clara Peeters, pintora flamenca del XVII.

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Clara Peeters «Alcachofas, cangrejos y cerezas». Colección privada.

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Clara Peeters «Pescado y candelabro». Museo del Parado.

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Clara Peeters «Bodegón con golosinas, romero, vino, joyas y vela encendida». Colección privada.

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Clara Peeters. Óleo sobre tabla. Museo del Prado procedente de la colección de Isabel de Farnesio.

Pintora barroca supuestamente nacida en Amberes que pertenece a ese grupo minoritario de mujeres pintoras del siglo XVII y que, como las italianas, pudo vivir profesionalmente de la pintura por ser hija y nieta de pintores y que, por lo tanto, se formó en el ámbito familiar. Se la considera una de las iniciadoras del bodegón o naturaleza muerte en los Países Bajos. Destacó precozmente en la pintura de bodegones. Su primera obra la firma en 1607; contaba con unos catorce años. Los datos de su biografía son inciertos, si bien investigaciones recientes indican que pudo haber nacido en Malinas hacia 1587, siendo su nombre de nacimiento Clara Lambrechts, casada con el pintor Henrick Peeters. Clara desarrolla una gran actividad hasta 1621. Se conservan 39 obras con su firma. Hay que incidir en el hecho de que en su época a las mujeres pintoras no les estaba permitido el estudio de los cuerpos masculinos desnudos, por lo cual era muy recurrente que se dedicaran, como ella, a la realización de bodegones o a la recreación de temas religiosos o bíblicos femeninos. Meticulosa en el detalle, sus composiciones con objetos metálicos, jarrones, flores, quesos o piezas de caza o pesca, en apariencia sin orden, crean, sin embargo, unos conjuntos de un realismo y colorido magníficos. La belleza y viveza de sus naturalezas muertas hacen de la Peeters una pintora de primerísima fila, que realizó su obra antes de que Velázquez, por ejemplo, se iniciara en la pintura. Una característica de Clara Peeters es la inclusión en los reflejos de sus copas u objetos metálicos de su autorretrato, cosa que imitaron después otros pintores. El Museo Nacional del Prado cuenta en su colección permanente con cuatro de sus mejores bodegones, tres de ellos fechados en 1611. En octubre de 2016 hasta febrero de 217 el Museo Nacional del Prado organizó por primera vez, desde sus 200 años de historia, la exposición de una pintora, la de Clara Peeters. ¡Ya iba siendo hora!

Siempre la luz… que platea las hojas.

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Al atardecer, la luz, sin contar con su anuencia, platea las hojas de la aspidistra; cambia el verde clorofila de la planta a su antojo y ese fenómeno, que es arbitrario y se produce rara vez, vez hay que pillarlo como a quien se coge con las manos en la masa. ¡Cosas de la luz, no hay que darle más vueltas!

El envés de las hojas de la monstera.

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No sé por qué, pero desde siempre, y más concretamente desde que me emancipé y tuve casa propia, siempre ha habido una monstera en mi casa y en las distintas casas que he tenido por diversas partes de la geografía española. Será porque me gustan sus enormes hojas agujereadas por donde mirar, a modo de antifaz, sin que te vean o por esa vocación de mirilla o de celosía andalusí que te transportan al otro lado del estrecho de Gibraltar; me apasiona por su evocación a esa cultura hermana, a esas tierras africanas tan cercanas… En fin, por imaginación que no quede.

Luz de gas.

En la mecedora, debajo de la higuera, contaba los higos. Este año la cosecha iba a ser de campeonato. Mientras me mecía hacia adelante y hacia atrás me descontaba y volvía a empezar. Me da lo mismo, no tengo nada que hacer; las lentejas las hice la víspera y la ensalada se refrescaba en la nevera. Hacía calor, un calor pegajoso de julio. Las abejas o las avispas, no las distingo, zumbaban sobre las flores de las lantanas, de diminutas flores amarillas y lilas que Margalida deshacía en sus pequeñas manos regordetas. La niña de los vecinos venía a la salida del colegio y se sentaba en los sillones rosa del salón porque le gustaban, así, rosas. Un mosquito me rozó la oreja y me sobresalté al oír el zumbido. Odiaba los mosquitos. Miré hacia arriba, porque el gato de los vecinos de enfrente se paseaba como Pedro por su casa sobre el tejadillo de… Me iba amodorrando con el balanceo, el calor, sudaba y rememoré, me acordé de la película que vi ayer por la noche, donde la Bergman tan guapa y… me di cuenta de repente, como un mazazo, de que Julián, mi Julián me estaba haciendo, también, luz de gas.