Esperando las vacaciones.

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Fotos Gero García Gázquez.

Así estamos muchos, esperando las vacaciones; soñando con el mar o la montaña o la visita a ciudades que nos atraen desde siempre. Últimamente prefiero no viajar en verano, procuro pasar el calor en casa con el aire acondicionado, el ventilador a todo gas y las duchas intermitente; el calor tórrido me mata y encuentro que el otoño o la primavera son las dos estaciones ideales para moverse por el mundo. Que cada cual haga lo que pueda teniendo en cuenta que lo que hagamos sea sostenible para el planeta, bastante castigado ya. ¡Gracias, Gero, por esas fotos tan bonitas!

Cómo hacer queso tierno.

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Hacer queso fresco en casa es tan sencillo que parece un chiste. Ponemos al fuego un litro de leche entera y cuando empiece a humear se le añade sal y el zumo de un limón; al llegara ebullición se retira del fuego; se deja un rato así y después se cuela en una gasa (de venta en farmacias). De esta manera se separa todo el suero. Lo colocamos en un bol y ponemos en la nevera. Transcurridas cuatro horas ya está listo para comer. Lo podemos servir con un poco de pimentón, aceite de oliva virgen extra y unas aceitunas negras que son las que mejor le van. ¡Sale buenísimo!

El tronco.

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Contemplando la corteza rugosa de ciertos árboles, como el de las moreras, por ejemplo, me acuerdo de aquel eslogan de «la arruga es bella», que me lleva a pensar en que la piel de los humanos mayores, surcada de arrugas, refleja, todas y cada una de ellas, la vida que se ha vivido, la de experiencias acumuladas y de lo absurdo que es intentar borrar el paso del tiempo.

Doradas.

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Sigo pensando que hoy los impresionistas serían fotógrafos; captar el modo en que la luz incide en los objetos, plantas, paisajes con una cámara supone una actividad muy gratificante. Llevo muchos, muchos años pintando y ahora siento la misma satisfacción el ir a la caza de la luz, ver como dora las hojas, por ejemplo, o captar la atmósfera de algo, aunque eso solo lo logran los «grandes».

Vincent van Gogh, dos obras quizás menos conocidas.

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Cuando Vincent van Gogh llega a la Provenza en el invierno de 1888 nevaba; por ello sus primeros cuadros son paisajes donde domina el blanco, espacios nevados de gran serenidad y sobria belleza. Con la llegada de la primavera, descubre la luz del sur y su paleta cambia para pasar a captar la del Mediterráneo. La belleza de los nuevos colores impregnará sus telas y como un «runner» decide recorrer a pie toda la Provenza, visitar los pequeños pueblos costeros, cargando con sus lienzos, conviviendo con los pescadores, pintando todo lo que ve; sintiendo el mar y las olas que rompen en primer plano como en esa marina firmada solo con su nombre. En la segunda obra, con las canoas y el pescador que, pacientemente, espera que piquen los peces en medio de las aguas tranquilas de un río, ¿quizás el pequeño Ródano?; en sus riveras estalla la naturaleza que le rodea, que en la Provenza lo mismo cubre los campos de girasoles como los de lavandas, llenando de amarillos y lilas la paleta de Vincent van Gogh.

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Titulo de la marina: «Paisaje marino en Saintes Maries». Del segundo lo desconozco.

El soldado Marcus Curtius y su sacrificio por Roma.

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Vimos en la galería Borghese el altorrelieve, en mármol, que representa el sacrificio del soldado romano Marcus Curtius que se arrojó al abismo con su caballo en el año 362. Según se cuenta, ese año un terremoto abrió un pozo profundo cerca del Foro que no había manera de cerrar; consultados los augures dijeron que habría que arrojar allí lo más preciado de Roma. El soldado Marcus Curtius pensó que lo más preciado de Roma eran sus soldados y por ello se lanzó al abismo con su caballo. En las fotos se ve el lugar exacto donde se sacrificó el soldado.

Las tumbas de los hermanos Van Gogh.

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Vincent van Gogh está enterrado en el cementerio municipal de Auvers-sur-Oise donde falleció el 29 de Julio de 1890. En la tumba de al lado fue enterrado un año después su hermano Theo. El pueblo se ha convertido en un lugar de peregrinaje para los amantes de la pintura del artista. Theo estuvo acompañando a su hermano durante los dos días que duró su agonía, según este, las últimas palabras que profirió fueron: «La tristesse durera toujour».

Picasso: «El entierro de Casagemas».

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Esta obra pertenece al periodo azul de Pablo Picasso; en ella se plasma el dolor por la muerte de su amigo Carles Casagemas. Y se evidencia, por la arquitectura del lienzo, por la serie de personajes dolientes y por la separación terrenal y celestial del cuadro, un guiño a la obra de el Greco «El entierro del señor de Orgaz», más conocida como «El entierro del conde de Orgaz». No es de extrañar, porque el pintor malagueño, durante su extensa vida pictórica, ha tenido un diálogo permanente con las obras de los grandes artistas de otras épocas. Tuve la suerte inmensa de asistir a la extraordinaria exposición que se celebró entre octubre 2008 y febrero de 2009 en París, en el Grand Palais, llamada «Picasso y los Maestros». De dicha exposición, por ejemplo, recuerdo el cuadro de el Greco «San Martín y el mendigo», de entre todos los que Picasso estudio y recreó de los «maestros». Volviendo al «Entierro de Casagemas», la parte superior de esta obra que correspondería a lo celestial, Picasso la cierra con grandes pinceladas blancas sobre el azul y puebla su particular paraíso con dos niñas, unos desnudos y hasta un caballo blanco con jinete y figura desnuda de espaldas como un guiño a Chagall. Es evidente que el significado trascendente de la obra del Greco, desaparece en la obra de Picasso; en este sentido nada que ver entre el cretense y el malagueño.

«El entierro del señor de Orgaz» de el Greco.

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La obra maestra de el Greco es una obra manierista pintada al óleo sobre lienzo con unas dimensiones de 4,80 x 3,60 m. Se encuentra en la iglesia de Santo Tomé de Toledo. Merece la pena una visita a Toledo para contemplar esta obra de madurez del Greco. El 15 de marzo de 1586 se firma el contrato entre el párroco, su mayordomo y el pintor, en el que se cita de forma muy precisa la iconografía de la parte inferior del lienzo. En él se narra como dos santos, San Agustín y San Esteban, bajaron del cielo para enterrar el cuerpo de don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la villa de Orgaz, que luego sería condado; el uno, con mitra, sujetándole de la cabeza y el otro de los pies. En el acuerdo se establece «que encima de todo esto se ha de hacer un cielo abierto de gloria». Se pagan doscientos ducados a cuenta y la obra debía de estar acabada para la Navidad de ese mismo año. El Greco consigue tras un tira y afloja que se le pague el importe de 1200 ducados que pedía. El tema del cuadro es el milagro que se produce en el entierro de don Gonzalo donde, además de los santos, aparecen retratados una serie de personajes de la aristocracia contemporáneos del pintor vestidos con ropajes del siglo XVI, cosa anacrónica, ya que el hecho se produjo trescientos años antes. El cuadro se divide claramente en dos partes, la parte terrenal y la celestial; en la parte terrenal una fila de personajes vestidos de negro con gesto adusto asisten al entierro, entre ellos está el autorretrato del propio pintor, a la derecha del fraile dominico, mirando de frente. El conde es representado con reluciente armadura, algo que se contradice con su forma de vida ejemplar, devota y dedicada sobre todo a las obras de caridad. Él mismo arregló y amplió la iglesia donde está enterrado. En primer término, el Greco retrata a su hijo cuando tenía diez años vestido de gala y con golilla, una aparición que según mi opinión no viene a cuento. La unión entre el cielo y la tierra es el alma del conde que asciende de la mano de un ángel. Jesucristo preside la parte superior, vestido de blanco, con la virgen María, que acoge el alma, acompañados de los bienaventurados, entre los que vemos a Moisés, al rey David y a San Pedro con las llaves. El trabajo del Greco se alargó hasta finales de 1587, posiblemente para el aniversario del milagro y fiesta de santo Tomás. El lenguaje manierista del pintor está presente en esta obra, sus figuras alargadas, escorzos imposibles, colores ácidos y brillantes, cuerpos vigorosos, uso arbitrario de las luces y las sombras para marcar las distancias entre los diferentes planos…. Visitar Toledo en cualquier época del año, menos en verano, es una delicia.

Con volantes, Echeveria Shaviana.

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Esta carnosa, cuyas hojas parecen bailar sevillanas con sus volantes y todo, me encanta. Cuando le llega el momento de la floración, le sale un vástago que se eleva y se eleva y de él una serie de florecillas rojas con forma de campañillas muy pequeñitas que duran y duran muchos días. En la última foto se ven, en la parte de abajo, unos hijillos que observo para ver como se van desarrollando.