Elisabetta Sirani, de la brillante escuela boloñesa.

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Elisabetta Sirani, «Retrato de Beatrice Cenci»

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Elisabetta Sirani, «Porcia hiriéndose en la pierna»

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Elisabetta Sirani, «Virgen de la pera»

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Elisabetta Sirani, «Autorretrato».

Brillantísima pintora italiana de estilo barroco miembro de la escuela boloñesa del siglo XVII y una de las pocas que tuvo proyección internacional. Nació en 1638 y su prematura muerte con solo 27 años truncó una carrera prodigiosa que, según los entendidos, podría haber seguido los pasos de Lucas Jordano (barroco decorativista); siempre el comparativo masculino en el tema de las artes, aunque solo la contemplación de su pintura nos da una idea de la categoría excelsa de toda su obra. Otra caso de pintora que aprende el oficio en el taller de su padre y así, con diecinueve años, se hace profesional, dado que, por la enfermedad de este, tuvo que hacerse cargo del taller para mantener a la familia. El apoyo que tuvo de su futuro biógrafo, el conde de Malvasía, fue decisivo para obtener el reconocimiento internacional y cabe destacar que, entre sus clientes, se encuentra el Gran Duque Cosme III de Medici. Su prematura muerte estuvo envuelta en polémicas; se culpó a su padre de hacerla trabajar frenéticamente. Sus temas predominantes suelen ser religiosos y a su muerte se pueden catalogar más de doscientas pinturas, amén de dibujos a tinta y lápiz. Sus hermanas, Bárbara y Anna María, también pintoras, trabajaron en el taller familiar así como doce de sus discípulas. Su funeral, que incluyó lecturas poéticas y música, lo presidió un gran catafalco y su efigie a tamaño natural. Está enterrada en la Basílica de Santo Domenico de Bolonia. En sus obras, la Sirani suavizó los claroscuros con sombras tostadas típicas de la escuela de Bolonia, al contrario que en sus dibujos, donde predominan los fuertes contrastes de luces. En España hay catalogadas dos obras suyas en el Palacio de Liria de Madrid. El retrato de Beatrice Cenci, el primero aquí reproducido, es de una belleza y delicadeza exquisita y en él se puede apreciar el llamado «efecto Rafael» que consiste en que coincida el lagrimal del ojo, izquierdo en este caso, con la mitad horizontal del cuadro.

Un pinsapo en la playa.

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En la playa de San Juan, en Alicante, la primera vez que lo vimos, este pinsapo nos llamó poderosamente la atención. ¿Es normal que un abeto se adapte tan bien a estas latitudes? No sabemos calcular su altura, pero es enorme. En mayo esta clase de abeto estaba lleno de piñas femeninas. Hace años ya que lo conocemos; cada verano sigue ahí altivo, fuerte, vigoroso y es como encontrarnos con alguien amigo que forma parte de un paisaje conocido.

La gran Sofonisba Anguissola, en la corte de Felipe II.

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Sofonisba Anguissola, «Retrato de Felipe II».

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Sofonisba Anguisola, «Autorretrato».

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Sofonisba Anguissola, «Retrato de Elisabeth de Valois»

Sofonisba Anguissola junto con Lavinia Fontana, Artemisia Gentileschi y Clara Peeters forman el pequeño núcleo de pintoras que tuvieron gran éxito en su momento. Sofonisba comparte con Lavinia Fontana y con Clara Peeters el hecho de poder aprender, no en las academias oficiales por su condición de mujeres, sino en los respectivos talleres de pintura de sus padres, pudiéndose hablar, así, de la escuela de Bolonia en el siglo XVII, momento singular en la historia de la pintura, donde destaca la labor portentosa de unas artistas que lograron tener repercusión a pesar de su condición femenina. En el caso de Sofonisba Anguissola pudo retratar en la corte de Felipe II, aunque estuviera allí «oficialmente» como dama de compañía de Isabel de Valois. Sus retratos son, igual que los de Lavinia Fontana, de una magistral técnica, con una detallada descripción de los ornamentos, encajes, bordados, destacando  las sombras tostadas propias de la escuela boloñesa y así lo vemos en el retrato de Isabel de Valois, aquí reproducido; el fondo del retrato de Felipe II es asombrosamente actual, más propio de la pintura del siglo XX.

Lavinia Fontana, extraordinaria pintora del Barroco. II

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«Venus y Cupido».

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«La Sagrada Familia con santa Catherine de Alejandría»

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«Autorretrato con clavicordio y una sirvienta». Galería de los Uffizi.

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«Retrato de Ginebra Aldovandi»

Lavinia Fontana, excelsa pintora nacida en Bolonia, tuvo la suerte de aprender pintura en el taller de su padre y, como dije en el post anterior, casarse con otro pintor alumno de su padre y que este se diera cuenta del genio de su mujer; todo ello propició que el marido de Lavinia se hiciera cargo de los once hijos que tuvieron y que, por ejemplo, le pintase los fondos de los cuadros a fin de facilitar su trabajo. Aunque anecdótico, es de destacar el papel que jugó su marido, todo un ejemplo de feminista en una época nada propicia para el desarrollo profesional de cualquier mujer. Lavinia, manierista, adoptó el colorido de la escuela veneciana y recibió el influjo de Corregio y de Pulzone. En los dos primeros cuadros se puede apreciar el gusto por los detalles, las transparencias, las joyas, con una precisión magistral. La viveza del color y la naturalidad de los personajes retratados, así como su técnica clásica, hacen de Lavinia Fontana una de las mejores pintoras de todos los tiempos. Es una pena que la reproducción de los dos últimos retratos no sea buena y se vean borrosos.

Las Caracumbas de París II

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Las catacumbas de París se han puesto de moda entre los más jóvenes y sobre todo de anti sistemas que gustan de reunirse allí y citarse para celebrar actos que ellos convocan e incluso conciertos, según me han dicho. En el primer post ya expliqué que los cementerios de París se habían quedado pequeños y se aprovecharon los kilómetros de galerías de unas antiguas minas para crear esta necrópolis cuyas paredes está forradas por infinidad de huesos; en ellas encontramos pequeños altares, carteles donde se dice: «párate, aquí está el imperio de la muerte», o se señala la procedencia de parte de los mismos. En los mapas de la ciudad se señala la entrada a las catacumbas por si alguien se anima.

Museo etrusco II (Roma).

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Urna cineraria en forma de casa. Terracota. Último decenio del siglo VII a. C. Necropoli di Monte Abatone.

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Vaso della necropoli della Banditaccia.

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Ánforas, copas, vasos… Necropoli della Banditaccia.

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Sarcofago dei leoni. Cerveteri.

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Necropolis della Banditaccia.

A las afueras de Roma, como ya comenté en el primer post relativo a este museo, se encuentra el Museo Nacional Etrusco, ubicado en la villa Giulia, construida según diseño de Jacopo Barozzi da Vignola, un museo maravilloso, poco visitado a pesar de los tesoros que contiene. Su cerámica tiene ya mucho que ver con la griega y los enterramientos, así como los útiles domésticos, denotan la acción de un pueblo del Lacio refinado, nada tosco, sino todo lo contrario. Pero no solo el contenido de Villa Giulia es magnífico, asombra los bonitos y cuidados jardines que hacen del conjunto un lugar ideal para disfrute de los sentidos.

Esperando las vacaciones.

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Fotos Gero García Gázquez.

Así estamos muchos, esperando las vacaciones; soñando con el mar o la montaña o la visita a ciudades que nos atraen desde siempre. Últimamente prefiero no viajar en verano, procuro pasar el calor en casa con el aire acondicionado, el ventilador a todo gas y las duchas intermitente; el calor tórrido me mata y encuentro que el otoño o la primavera son las dos estaciones ideales para moverse por el mundo. Que cada cual haga lo que pueda teniendo en cuenta que lo que hagamos sea sostenible para el planeta, bastante castigado ya. ¡Gracias, Gero, por esas fotos tan bonitas!

Cómo hacer queso tierno.

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Hacer queso fresco en casa es tan sencillo que parece un chiste. Ponemos al fuego un litro de leche entera y cuando empiece a humear se le añade sal y el zumo de un limón; al llegara ebullición se retira del fuego; se deja un rato así y después se cuela en una gasa (de venta en farmacias). De esta manera se separa todo el suero. Lo colocamos en un bol y ponemos en la nevera. Transcurridas cuatro horas ya está listo para comer. Lo podemos servir con un poco de pimentón, aceite de oliva virgen extra y unas aceitunas negras que son las que mejor le van. ¡Sale buenísimo!

El tronco.

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Contemplando la corteza rugosa de ciertos árboles, como el de las moreras, por ejemplo, me acuerdo de aquel eslogan de «la arruga es bella», que me lleva a pensar en que la piel de los humanos mayores, surcada de arrugas, refleja, todas y cada una de ellas, la vida que se ha vivido, la de experiencias acumuladas y de lo absurdo que es intentar borrar el paso del tiempo.