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El paraguayo o durazno II

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Las flores del paraguayo, blancas al principio, se tornan de un bonito color rosa. Al poco de ser trasplantado, comenzó a coger carrerillas y da gusto ver como las ramas se llenan de hojas. La lluvia intermitente de estos últimos días le ha venido muy bien. Y, como dirían en el País Vasco, «qué arretxo está».

Brotan las moreras.

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Tras la oportuna poda surgen los primeros brotes de las moreras. Cada año es igual y cada año acecho con ilusión la llegada de esos primeros brotes. El contacto con la naturaleza, poder observar el ciclo de la vida y cómo esta se renueva, es un espectáculo que no se nos puede hurtar a nadie. Pienso en los niños de las ciudades que, por ejemplo, no saben lo que es un polluelo y que el pollo es eso que viene en bandejas ni conocen lo más elemental de la madre naturaleza. Es una pena, porque conocer es amar y respetar.

Paraguayo o Durazno.

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Las flores del durazno o paraguayo son blancas al principio y se vuelven de un color rosa intenso. Así de bonitas son ahora. Procede de China y es una mutación del melocotonero y, como él, tiene una exigencias del suelo y de cultivo similares al melocotonero y la nectarina. En la península ibérica solo se produce en Murcia y en Aragón. Su piel es aterciopelada, como la del melocotón siendo de menor tamaño y su sabor es más dulce. Existen diversas variedades, de pulpa blanca y de pulpa amarilla. Los frutos los encontramos en los mercados desde finales de mayo hasta septiembre.

De cerca se ven mejor.

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Ahora, los limones de cerca se ven mejor; todavía son pequeños, pero se diría que crecen día a día y esa celeridad me asombra y me alegra la mañana. Pensé, dentro de mi ignorancia, que serían, desde el principio, como botones pequeñitos amarillos, pero no imaginé que tendrían ese color morado. Y es curioso porque, mi asombro, es nuevo y eso que me crie en Santa Bárbara en un jardín lleno de árboles frutales, de ciruelos, de manzanos; en un jardín que se abría el puerto de Ciutadella… Y sin embargo ahora, es como si hubiese sido una niña de ciudad. Dicen que la memoria es selectiva, pues debe ser eso o que en aquel jardín no habría limoneros… porque recuerdo muy bien aquel estanque y los patos y aquella buganvilla y aquel banco de azulejos… Menorca en el corazón.

El eucalipto.

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Delante de casa hay un eucalipto enorme, muy bonito, pero que llena de hojas los patios, las terrazas y no hay menara de tener nada limpio. Su capacidad de absorción del agua los convierte en especies muy agresivas para el medio ambiente al transformar los ecosistemas por desecación de la tierra donde se plantan.

¡Qué flores más curiosas!

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Según Platón, Sócrates dijo: «solo sé que no sé nada». Realmente no quería decir que no sabía nada sino que se refiere a la imposibilidad de saber algo con absoluta certeza, incluso en el caso de que uno esté absolutamente seguro. Esta disquisición matutina, por mi parte, viene a cuento por que cada vez me doy más cuenta de que, a pesar de mi pasión por el mundo vegetal, cada vez sé menos y cada vez se acrecienta mi ignorancia cuando, por ejemplo, me encuentro ante una planta tan hermosa y totalmente desconocida. ¡Esos pistilos disparados hacia arriba, como asustados, esa inflorescencia que forma un todo maravilloso!