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La higuera crece y crece…

La compramos ya hace unos cuantos años y parece mentira lo que ha crecido. Esta, la higuera, tiene un mérito añadido y es que a sus pies crecen los helechos como locos; una y otros creo que se equivocan de ubicación, pero ahí están compartiendo suelo y, lo más disparatado, riegos. Mañana si tengo tiempo subiré los helechos a sus pies.

Del verde tierno al verde-verde.

Del verde más tierno al verde-verde que no llega a ser verde vejiga. Como pintora, el poder captar la luz con la Nikon sobre las plantas de mi pequeño jardín, me proporciona, casi, el mismo placer que cuando en el estudio me aplico al pintar un lienzo: la atención es la misma, la misma concentración, aunque el resultado con la máquina es totalmente diferente. Gana la máquina. La inmediatez del disparo es un valor añadido que, tras pasarlas al ordenador, me dejan fané y descangayá de satisfacción, como dice el tango del inefable Gardel.

Bicolor.

Me fascinan las plantas que cambian de color a medida que van creciendo. Los bordos de las hojas cresas se vuelven de un bonito color lila mientras el centro continua verde. Estas falsas rosas son un buen ejemplo.

Nuestros amigos… los árboles.

Recortados contra el cielo, los árboles, más longevos que nosotros, nos acompañan en parques y jardines de las ciudades; no hace falta irse al campo para disfrutar de ellos. Los tenemos cerca y podemos contemplar su belleza y cobijarnos bajo su sombra en los días calurosos del verano.

Aspidistra.

La aspidistra es una planta que tanto puede estar al aire libre como en interiores con buena luz. A pleno sol no se debe tener, aunque es bueno buscarles un sitio a la sombra; el sol del atardecer les sienta bien, creando entre sus hojas preciosos contrastes de luz y sombra. Recuerdo que en Menorca era la planta preferida en los patios de interior de las casas y en las iglesias.

Lavanda.

Desde un mirador de la Provenza vi un extenso campo de lavanda y esa imagen tan hermosa de un color lila intenso la llevo desde, entonces, en la memoria.

Vinagrillos.

Aparecen por todas partes, ahora entre los helechos, con sus flores amarillas. De pequeña me gustaba chupar sus tallos y cuando con el Instituto íbamos de excursión a Trepucó entre las tancas, siempre había alguno. Recuerdo un día en el que estando en el recinto prehistórico vimos un arco iris salir por detrás de la taula, enorme, y abarcar el talayot como abrazando el poblado. Parecía todo tan irreal y al tiempo tan hermoso que es una estampa que no podré olvidar nunca. A la vuelta, cerca del cementerio, unos pepinillos del diablo esparcieron sus semillas en todas direcciones a la velocidad del rayo. Y en la memoria todo junto, los vinagrillos, los pepinillos del diablo… y la taula.

Ya se ven los futuros frutos.

Aunque diminutos, como pequeños botones, ya se ven los que serán futuros paraguayos. Sentada en el jardín es una gozada contemplar esos proyectos de fruta que tanto me gustan. El paraguayo es un árbol bien bonito que ya desde la floración nos da, además, belleza; sus flores blancas se tornan de color rosa llenando las ramas desnudas. La cantidad de lluvia que ha caído esta primavera, lejos de perjudicarle, parece que le ha sentado muy bien.