Lobo Lunar y el redoble de tambores.

Cada año es lo mismo, pensó Lobo Lunar mientras el estruendo de los tambores le empujó a salir por patas, no sin antes observar con desaliento que, allá abajo, en el valle, una multitud se apiñaba a las puertas de un edificio desde donde surgía un repique de campanas que llenaba el aíre. Se sintió amenazado como si un rebaño de ovejas le plantara cara. Algo tan surrealista que ni en las peores pesadillas cualquier lobo que se preciara pudiera imaginar; algo que subvertía el orden de las cosas. Mientras corría, su mente no cesó de imaginar escenas terribles. Su baba mojaba la tierra, sus patas se doblaban y sus orejas en punta como flechas señalaban el norte. Buscaba la lobera con desesperación y, mientras subía a toda velocidad por el monte, se cruzó con gente que, lejos de asustarse por su presencia, portaban ramas de olivos y palmas. Desde abajo alguno cantaba con gran sentimiento y después se oía una campanita seguida de un sonido que no supo precisar, seguido de unas trompetas y otra vez los tambores. Corría y corría monte arriba y llegó a pensar que los encapuchados que portaban cucuruchos en las manos o que cubrian sus cabezas con ellos llevando túnicas hasta los pies, eran de otro planeta.

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