La «Tramuntana».

En ocasiones la habitación se llenaba de luz. Sonaba la «Tramuntana» y las contraventanas de madera golpeaban la pared blanca de cal. Rayos y truenos se sucedían y yo no podía dormir; en la cama de al lado tú dormias plácidamente. Las tormentas de allí, de la isla, me transportaban al infierno, tenía miedo y tu sueño placentero me irritaba más que nada en este mundo. Tenía que venir papá y calmar el terror infantil que estremecía mi cuerpo y me hacía sudar. Papá, sentado en la cama, me subía el embozo y, en voz baja, para no despertarte, me contaba «el cuento de los bocadillos», el mejor de los cuentos, el que Sherezade ni podía haber imaginado. Por el rabillo del ojo miraba hacia tu cama por ver si te estabas perdiendo este momento que no quería compartir con nadie y menos contigo, mi hermana mayor, la perfecta.

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