
Bárbara Carpi, óleo sobre papel (1975) Ilustración del libro «Desde la Soledad. Poemas». de Aurelio Serrano Ortiz. Fotos: Bárbara.
Guy de Maupassant, escritor francés de culto, del que también se ha dicho todo trasladó de forma magistral su ser a su obra. Su corta vida (1850-1893) no le impidió escribir más de trescientos relatos breves y novelas, de entre las cuales destaca Bel-Ami. Gustave Flauber fue su amigo y mentor. De todos sus relatos, El Horla es para mi el exponente más claro del cuento de terror al mismo nivel de Poe. Su carácter nervioso, inestable, frágil, temeroso de lo sobrenatural, de la muerte otorga a sus geniales relatos breves la pulsión necesaria para hacerlos febriles, vivos. En el Horla, nos hace sentir, sentimos desde la primera página toda la alegría de la naturaleza, espléndida en su eclosión primaveral a orillas del Sena, en la zona que va de Rouen a Le Havre; y como poco a poco, cual si de una nube se tratara que de pronto ocultara el sol, nos va invadiendo la zozobra, la inquietud y el desasosiego. Casi cogidos de sus manos asistimos a la progresiva perturbación del protagonista que, en un crescendo, finaliza casi en la locura. El Horla está narrado en forma de diario -abarca desde mayo hasta setiembre- y en él hay elementos como lo fantástico, el estado anímico, la hipnosis, la sugestión, las alucinaciones, las leyendas normandas… que pueblan sus escasas 54 páginas. Se trata de un caso de posesión, de dominio, pero de un dominio casi apocalíptico. El terror de Maupassant en El Horla es un terror sicológico que no precisa de muletas al uso, paisajes sombríos, chirriar de puertas o arrastrar de cadenas; ahí está el genio. Volviendo a su carácter nervioso, escribe como respira -de forma agitada-, con grandes dosis de exclamaciones e interrogaciones, con un ritmo que nos atrapa desde el principio, que nos deja, como todos los grandes, con ganas de más. Guy de Maupassant está considerado el maestro del relato breve y para muchos es el precursor de la «Metamorfosis» de Kafka. Si no lo han leído, dense un regalo para este verano.
El Horla, Alianza Editorial. Colección Alianza Cien. Madrid, 1994.
Tomo nota. Tu descripción me ha puesto «los dientes largos»:-)
No dejo de sentirme fascinado por tus óleos, Bárbara. Son, en parte, desasosegantes, porque no puedes precisar que hay en medio o detrás. Pero, a la vez, los colores me envuelven y me hacen sentir relajado-
Muchas gracias.Esta técnica lo que permite es precisamente eso, crear una atmósfera que envuelve toda la superficie difuminando los contornos; y eso crea desasosiego al no tener límites definidos, pero también «intento» que -como decía Picasso- todos los colores estén en todas partes, participando los unos de los otros. Es una satisfacción que te gusten.